Metamorfosis: La Reforma Protestante aquí y ahora-Parte II

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Por Leopoldo Cervantes Ortiz*

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3. Reformar la enseñanza

La educación de la fe

Uno de los puntos críticos del debate religioso actual es la posibilidad de que la educación religiosa se legalice y reglamente en países donde se ha impuesto el Estado laico. En Costa Rica, por ejemplo, el gobierno paga a los profesores de religión en las escuelas públicas, aunque la Iglesia Católica es quien nombra y autoriza a los docentes. Semejante situación, tan desafiante para la laicidad del Estado actual, obliga a replantear las características de la educación en materia de fe. En este aspecto habrá que preguntarse acerca de la responsabilidad de las familias y las iglesias ante el Estado y si éste verdaderamente debería desempeñar un papel en este proceso. Las enseñanzas bíblicas acerca de la interacción entre estas tres instancias se concentran en una crítica de las que van más allá del ámbito familiar, el cual es visto como el lugar privilegiado para la educación en su forma más elemental.

Deuteronomio 6.6-9 (lo mismo que 31.9-13), el capítulo clásico sobre la instrucción para las nuevas generaciones de Israel, insiste en la responsabilidad de que en el seno familiar se establezca sólidamente una enseñanza que hoy podría calificarse de religiosa (“Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñalas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos en el marco de la puerta de tu casa y en las puertas de tus ciudades”), pero que si hemos de ser honestos no queda más remedio que llamarla “teológica” porque el contenido de esa enseñanza tiene que ver con las características del pacto que Yahvé había llevado a cabo con el pueblo desde la antigüedad en camino hacia una nueva forma de sociedad. Escribe Edesio Sánchez: “…el mensaje central de la Biblia, resumido en el shemá (Dt 6.4.5) abarca tanto la lealtad total a Dios y la justicia social. Eso explica por qué Jesús, cuando se le inquiere sobre ‘la palabra más importante en la Biblia’ responda resumiendo los dos grandes bloques del Decálogo: preocupación por la fidelidad a Dios y preocupación por el bienestar del prójimo: Ama Dios con todo lo que eres y ama a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12.28-34)”. [modern_footnote]E. Sánchez Cetina, “En la instrucción de YHVH está su delicia. La Palabra de Dios en la Iglesia”, disponible en http://www.edinburgh2010.org/fileadmin/files/edinburgh2010/files/pdf/EDESIO%20SANCHEZ%20CONSULTA%20FTL.pdf [/modern_footnote]

Deuteronomio es un libro para un pueblo en transición, para una generación que debe enfrentar tentaciones y desastres, y “no halla otro lugar más importante para depositar el meollo de la fe bíblica que el hogar”[modern_footnote]E. Sánchez Cetina, “La familia, educadora de la fe”, en Jorge E. Maldonado, ed, Fundamentos bíblico-teológicos del matrimonio y la familia. Grand Rapids, Desafío, 2006, p. 83.[/modern_footnote]. En una época de reformas, cuando el redescubrimiento de la voluntad divina en su palabra fue asumido como el motor para replantear la vida de la sociedad, se expuso la necesidad de volver al espacio familiar como el lugar educativo por excelencia, aun cuando las demás instancias (el Estado y el templo) cumplían ya una función prescriptiva determinante. Ambas advirtieron, desde su responsabilidad propia, que lo más relevante para lo que podría denominarse “enseñanza teológica intrafamiliar” serían los “diálogos pedagógicos” como el que aparece esbozado en los vv. 20-25, en donde la generación anterior ubica históricamente las acciones de Dios y las coloca en el nuevo contexto que le toca vivir a los nuevos integrantes del pueblo que no fueron testigos de las acciones divinas. La lucha profética contra la idolatría tenía que desembocar en la definición familiar de “Dios verdadero” y “culto verdadero”, las cuales debían conducir a una serie de prácticas éticas individuales y colectivas como fruto de la genuina reflexión sobre los mandamientos de Dios (teología).

Educar y reformar

Catequesis es una palabra con la que estamos familiarizados gracias a algunas de sus derivadas: catecúmenos, catecismo. Estamos hablando de formación cristiana, de educación. Porque la Reforma Protestante retomó el impulso de la Iglesia antigua para contribuir sólidamente a la formación integral de las personas, sobre todo en una época en que la educación sólo llegaba a los núcleos más favorecidos. En ese sentido, la catequesis sirvió como adoctrinamiento y “escuela pública”, que no existía como tal hasta ese momento. La lectura de la Biblia y de los documentos doctrinales que comenzaron a circular profusamente marcó a las nuevas comunidades y las transformó en espacios culturales y religiosos en los que el contacto con los textos sagrados funcionaría como una auténtica escuela en todos los sentidos. En este ámbito, la doctrina del sacerdocio universal fue también el trasfondo de los hábitos y prácticas educativas que se establecerían formalmente con el paso del tiempo.

En vida de Calvino, dos fueron los momentos más importantes de este proceso educativo. En el primero, mediante su Catecismo de 1538, como explica J.C. Coetzee, “intentó explicar de la forma más clara y convincente las enseñanzas de su Institutio en palabras más simples y en construcciones más asequibles para la comprensión de los niños. Este Catecismo era el libro de texto para las clases de catecismo de los domingos al mediodía, a las que debían asistir infaltablemente todos los niños con estricta puntualidad, bajo penas civiles impuestas a sus padres, quienes además estaban obligados a impartir enseñanza religiosa en sus hogares”.

En el segundo, la fundación de la Academia de Ginebra (en 1559), una institución que puso al alcance de la población los saberes de la época, ciertamente desde una óptica teológica, pero con notoria influencia del humanismo con que este reformador asumió su tarea dentro y fuera de la iglesia. De ese modo, intentó aplicar los avances pedagógicos de la época para que los estudiantes recibieran una formación integral que respondiera a las necesidades del momento.

En la Academia, también conocida como “escuela pública”, y en el Colegio o Gimnasio, conocido como “escuela privada”, se enseñó Teología, Artes y ciencias seculares. En la Academia, se añadirían Leyes y Medicina. La escuela privada era preparatoria para la escuela pública. La calidad de estas escuelas se llegó a comparar con la que ofrecía La Sorbona en Francia. Coetzee cierra su resumen así: “En la escuela de Calvino el hogar como tal no jugaba ningún papel de control. A los padres se les pedía dos cosas: enseñar a sus hijos los primeros principios de la religión cristiana de acuerdo con el Catecismo y enviar a los niños sin objeción ni descuido a la escuela; si no, estaban sujetos a castigo. Calvino consideraba la educación secular y religiosa como deber de los padres”.[modern_footnote]J.C. Coetzee, “Calvino y el estudio”, en Jacob T. Hoogstra, comp., Calvino, profeta contemporáneo. Grand Rapids, TSELF, 1974, p. 228.[/modern_footnote]

De esta manera, Calvino trató de conjuntar en una práctica educativa equilibrada el papel que cada instancia debía desempeñar: el Estado, visto aún como promotor de la fe cristiana, debía crear las condiciones para que el mensaje del Evangelio se expandiera de la mejor manera posible. Actualmente, con la laicidad que debe caracterizarlo, este aspecto se transforma en un respeto básico por las creencias de todos. La Iglesia, especificando su tarea como enlace entre las familias y el Estado, cumpliría su responsabilidad ante Dios mediante una adecuada transmisión de las verdades bíblico-teológicas. La familia, una vez más, según los postulados bíblicos seguiría siendo la depositaria del legado de la fe para preservarlo, transmitirlo y actualizarlo.

4. Reformar la proclamación y el testimonio

La centralidad de la predicación en la Iglesia fue un asunto fundamental desde los inicios de la Reforma Protestante. Unánimemente, los reformadores afirmaron que la correcta exposición de las Sagradas Escrituras es la razón de ser de la existencia de la comunidad cristiana en el mundo. Alrededor de ella debían girar todos los aspectos de su labor y misión. Incluso llegó a ser una de las marcas de la “Iglesia verdadera”, junto con la correcta administración de los dos únicos sacramentos. Este interés por la Biblia propició el crecimiento del estudio serio de sus lenguas originales y ocasionó que los círculos reformados fueran vistos como espacios en donde la gramática tenía una gran preeminencia. La práctica de la predicación, así, demandaba de sus responsables un conocimiento sólido de las características de los textos a fin de confrontar a los y las oyentes con un mensaje actualizado para el momento.

De Calvino, por ejemplo, se han publicado varios volúmenes de sermones, muchos de los cuales aparecen en el Corpus Reformatorum como parte de sus obras completas. Para él, tanto el sermón como los sacramentos dependen de la palabra escrita y únicamente funcionan como medios de gracia cuando son aplicados por la presencia, plena de gracia, del Espíritu Santo. Por ello, acerca de la responsabilidad como predicador, el reformador se expresaba así: “Si voy a subir al púlpito sin dignarme a abrir un libro, pensando frívolamente para mis adentros: ‘Está bien, al predicar Dios ya me dará lo que debo declarar’, y sin considerar cuidadosamente cómo aplicar las Sagradas Escrituras a la edificación de la gente, sería una persona realmente presuntuosa y arrogante”. Con esta visión emprendió la tarea de exponer casi la totalidad de la Biblia.

“Los profetas son órganos del Espíritu Santo” afirmó en un sermón sobre el libro de Job. Esta seriedad para asumir la tarea proclamadora ha caracterizado siempre a la tradición reformada por lo que el método expositivo se convirtió en el más característico dentro de ésta. “Explicaba así la razón de ser del mismo: “Por mi parte, ciñéndome a la manera en que Dios se manifiesta aquí, me esforzaré por seguir en definitiva el auténtico hilo del texto y, sin insistir en largas exhortaciones, me preocuparé sólo en masticar, como se dice, las palabras de David para que podamos digerirlas”.

En su Epístola a Sadoleto, Calvino se quejó amargamente del tipo de predicación anterior a la Reforma y esboza la mejor manera de llevarla a cabo. Cottret resume muy bien el sentido general de esta predicación: “…para Calvino, la predicación no es un género literario entre otros: constituye la esencia misma de la actividad reformadora. […] Al utilizar la metáfora de la trompeta, Calvino compara la tarea del predicador con la de un instrumento de percusión, en el que resuena la Palabra de Dios”. Ésta es la base de la actividad proclamadora que la Reforma rescató y proyectó hacia nuevas y desafiantes alturas.

5. Una reforma integral de la Iglesia

La necesidad de reformar la Iglesia continuamente

La reforma integral de la Iglesia es un sueño que, para muchos, se sigue posponiendo. Si en los inicios de la Reforma Protestante el propio Martín Lutero no sintió la necesidad de abandonar el redil católico-romano sino hasta que recibió la bula de excomunión, Juan Calvino no vaciló en referirse a la Iglesia como “madre de los creyentes” (IRC, IV.I.1), una frase que suena muy católica y que, en efecto lo es, en el sentido de “universal”, pues aunque en ocasiones muchos creyentes sientan que su comunidad o confesión se desencamina del rumbo que debe seguir, la presencia del Espíritu en su seno es la garantía de que no faltará la palabra profética para denunciar sus fallas e infidelidades. Incluso algunos críticos muy severos de la Iglesia actual, como Hans Küng y Leonardo Boff no han dudado al afirmar que abandonarla en protesta por sus errores no es más que una táctica errada, puesto que sólo si ella decide expulsar a los disidentes se justifica la salida, la cual tampoco los excluye de la fe y muchos menos de la comunión solidaria.

Esta madre, pues, requiere la preocupación y acción de sus hijos para renovarse, continuamente, en todos los aspectos. De ahí que a veces resulte bochornoso escuchar a tantas personas insatisfechas que miran los defectos de su comunidad desde afuera, sin sumarse activamente a la lucha por el cambio al interior de la misma. Muy diferente fue la actitud de los/as reformadores/as, quienes incluso poniendo en riesgo su vida participaron en los movimientos que hasta llevarían su nombre, sin buscarlo, pero con la firme intención de contribuir a la transformación del pueblo de Dios en sus diferentes niveles. Justamente en el otro aspecto en donde destaca la catolicidad de Calvino (la institucionalidad), se ubica una de las trincheras actuales en que los creyentes podemos y debemos sumarnos a la búsqueda de su transformación. Porque resulta muy claro que la labor reformadora no puede darse por concluida si no son visibles los cambios en la mentalidad, en los proyectos y en las acciones de la Iglesia.

Como escribe Rubem Alves, al hablar de los procesos de continuidad-discontinuidad de las iglesias con su pasado, glorioso o no:

La comunidad (koinonía) no puede ser comprendida si tomamos como punto de partida la continuidad temporal de aquella institución (o instituciones) históricamente llamadas iglesias. Esto, porque la esencia de la comunidad no puede ser comprendida si se analiza desde la perspectiva del tiempo natural. El nombre «iglesia» designa estructuras que se perpetúan a través de un proceso de continuidad temporal, mientras que la esencia de la comunidad es un evento que depende de una opción existencial y de una actividad interpretativa. El origen de las «iglesias» no nos garantiza nada sobre su hoy; su amor de antes no nos garantiza nada sobre su amor de ahora.[modern_footnote]R. Alves, “Há algum futuro para o protestantismo na América Latina?”, en Dogmatismo e tolerância, pp. 144-145. Énfasis agregado.[/modern_footnote]

En La necesidad de reformar la Iglesia (1544), Calvino, incluye cinco aspectos básicos que deben modificarse: la adoración; la oración; la doctrina de la salvación; los sacramentos; y el gobierno de la iglesia. Cada uno de estos aspectos es expuesto de manera programática a la luz de los avances que ya se tenían hasta ese momento y como una respuesta a las críticas que dentro del imperio de Carlos V se lanzaban contra las iglesias protestantes en general. Calvino asume estas críticas y reconoce que los cambios deberían profundizarse. Con esta actitud, ajena a cualquier tipo de triunfalismo, abrió la puerta para que la reforma de las diversas iglesias siguiera su propio camino:

Aun nuestros enemigos no pueden negar nuestra perseverancia en exhortar a los hombres a esperar el bien que ellos desean de ningún otro más que de Dios, confiar en Su poder, descansar en Su bondad, depender en Su verdad, y volverse a Él con todo el corazón, reposar en Él con plena esperanza, y acudir a Él en la necesidad, esto es, en cada momento; atribuirle a Él toda cosa buena que disfrutamos, y lo manifestamos así por expresiones abiertas de alabanza. Y para que ninguno sea impedido por la dificultad de entrar, proclamamos que una fuente completa de bendiciones nos es abierta en Cristo, y que de ella podemos tomar para cada necesidad. Nuestros escritos son testigos, y nuestros sermones testifican de cuán frecuentes y diligentes somos en recomendar el arrepentimiento verdadero, instando a los hombres a renunciar su propia razón y deseos carnales, y a sí mismos enteramente, para que puedan ser traídos a la obediencia a Dios solamente, y ya no vivir para sí mismos sino para Él. Tampoco pasamos por alto los deberes externos y obras de caridad [amor], que se siguen de este tipo de renovación. Esto digo, es la forma segura e infalible del culto, que sabemos que Él aprueba, porque es la forma que Su Palabra prescribe, y estos los únicos sacrificios de la Iglesia cristiana que tienen Su autoridad.[modern_footnote]J. Calvino, La necesidad de reformar la Iglesia, www.presbiterianoreformado.org/doctrina/necesidadreformar.php.[/modern_footnote]

La consigna del cambio en la Iglesia cristiana de todos los tiempos

Si hay alguna epístola en donde el apóstol Pablo promueva el cambio en todos los órdenes de la vida de fe, ésa sería la que escribió a las comunidades de Galacia (Iconio, Listra, Derbe), fruto de su primer esfuerzo misionero en Europa, pues seguramente al dirigirse a ellas recordaría con especial emoción los primeros tiempos de su labor al servicio de la expansión del Evangelio. No obstante, en varios momentos manifiesta una clara decepción por las tendencias “regresivas” que surgieron al interior de dichas comunidades, en el sentido de asumir prácticas ligadas al judaísmo tradicional, es decir, de un modo que en vez de avanzar o de profundizar la reforma de la fe, como diríamos hoy, mostraba un claro retroceso opuesto al cambio que la fe evangélica debía producir. La metáfora de la niñez en desarrollo hacia una vida adulta que utiliza en el cap. 4 para referirse a los avances que habían sucedido en la historia de la salvación le sirve para aclarar que, “cuando vino el cumplimiento del tiempo”, el kairós divino, la maduración de circunstancias y coyunturas específicas, la actuación del propio Dios desencadenó una serie de cambios que ahora debían ser entendidas, aceptadas y promovidas por la Iglesia de todos los tiempos, comenzando por las comunidades de Galacia. El acto supremo de adopción a través de Jesucristo era el motor para este conjunto de transformaciones en la mentalidad y en la acción de los/as creyentes.

Por ello, el apóstol se dirige enérgicamente a los cristianos gálatas para recordarles que los avances verdaderos en la comprensión de la voluntad revelada de Dios no pueden tener retrocesos sin consecuencias negativas para la marcha del reino de Dios en el mundo, al grado de que llega a dudar de la efectividad de su trabajo si ellos siguen en el esquema antiguo de “guardar los días, los meses, los tiempos, los años” (vv. 10-11), esto es, que sigan apegados a las reglas y las fiestas judías, ya superadas por la manifestación abrumadora del hecho de Cristo. Cuando Pablo estaba entre ellos, agrega, se mostraban más dispuestos al cambio, pero en su ausencia volvían al pasado (v. 18). La reforma de la Iglesia, subrayaríamos hoy en este orden de ideas paulinas, sólo se consumará hasta que “Cristo sea formado en la comunidad” (v. 19), una fórmula cristológica y eclesiológica que resume magníficamente el verdadero objetivo de las transformaciones al interior de las iglesias, pues la reforma integral de la Iglesia no consiste únicamente en una moda o en una conmemoración enfermiza o idolátrica de nombres, fechas y situaciones épicas, sino más bien en la constante revisión de nuestra disposición para ser conducidos por el Espíritu libre de Dios hacia donde Él quiera que marche la Iglesia.

La perplejidad paulina (v. 20) tenía que ver con el hecho de que las comunidades de Galacia entendieran el nuevo rumbo que Dios le había dado a sus vidas y que, con madurez y valor, asintieran y realizaran, en su vida individual y colectiva, las consecuencias del enorme cambio realizado por Él en el mundo y en la comunidad de fieles. Las personas que habían colocado a Jesús como razón de ser de sus vidas no podían voltear al pasado de esclavitud del cual venían, para lo cual el apóstol recurre a la historia de Agar, con la intención de subrayar que los creyentes del momento eran “hijos de la promesa”, como Isaac (v. 28). La libertad cristiana, afirmada por las Escrituras y experimentada todos los días por cada seguidor/a de Jesús, es el punto de partida no solamente para nuevas formas de convivencia sino también la plataforma para llevar a cabo todas las transformaciones que la Iglesia requiera, en su pensamiento y acción. Mucho de este programa divino fue retomado por los y las reformadores/as del siglo XVI y sigue vigente, pues la reforma de todos los espacios de acción de la Iglesia es una responsabilidad permanente para todos sus integrantes. El culto, la espiritualidad, la enseñanza, la evangelización, la misión, el servicio: todas esas áreas deben ser reformadas continuamente para tratar de estar a la altura de las exigencias divinas y del mundo en el que le toca vivir a la Iglesia de todos los tiempos, de tal modo que podamos decir, como lo han hecho las iglesias evangélicas uruguayas en esta fecha tan relevante:

Celebramos el redescubrimiento de la inconmensurable misericordia de Dios. Por su sola Gracia y sin mediación de persona ni mérito alguno, nos coloca en una perspectiva liberadora de salvación, recordándonos que, por el solo sacrificio de Cristo en la cruz, Dios perdona nuestra iniquidad y nos vuelve a considerar hijas e hijos suyos.

A casi 500 años, el mensaje de la Reforma:

  • Nos reorienta en la vocación de vivir la fe como una confianza activa en un Dios vivo y amoroso.
  • Nos impulsa a una espiritualidad basada en el agradecimiento y la responsabilidad individual y colectiva y no en los méritos y el miedo al castigo.
  • Nos motiva a un trabajo cotidiano solidario, sirviendo al prójimo a través del desempeño de la profesión o tarea particular con los dones (capacidades) que con igual bondad Dios ha repartido a cada uno y cada una.
  • Nos desafía a ser ministros y ministras de Dios, como educadoras, enfermeras, cartoneros, carpinteros, políticos, empleadas domésticas, industriales, albañiles, doctores, barrenderos, predicadores, peones rurales, policías, músicos y en cada una de las otras y tantas ocupaciones y profesiones que existen; con igual dignidad, para el bien de la sociedad y la sola gloria de Dios.[modern_footnote]“Iglesias de Uruguay en un nuevo aniversario de la Reforma Protestante”, en EcuPres. Agencia de Noticias Prensa Ecuménica, 29 de octubre de 2010, www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_Id=9171.[/modern_footnote]

*Leopoldo Cervantes Ortiz es un Teólogo, Editor e Historiador mexicano. Cuenta con una Maestría en teología (Universidad Bíblica Latinoamericana), y es pasante de la Maestría en Letras Latinoamericanas (Universidad Nacional Autónoma de México).