Metamorfosis: La Reforma Protestante aquí y ahora-Parte I

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Por Leopoldo Cervantes Ortiz*

1. Reformar la fe individual y colectiva

La exhortación a la transformación permanente

“…Sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que conozcáis cuál es la buena voluntad de Dios agradable y perfecta…”. Así hemos leído tantas veces en el pasaje de Romanos 12.2, donde el apóstol Pablo exhorta a los creyentes de Roma, a quienes no conocía, a asumir constantemente una nueva visión del mundo, de la vida y de la relación con Dios. De lo que quizá no hemos estado muy conscientes es de que el verbo “transformaos” (RVR 1960), (“cambien de manera de ser”, BLA; “dejaos transformar”, BTI; “cambien su manera de pensar”, DHH) traduce el original griego de donde viene la palabra metamorfosis, más conocida y asociada a ciertos procesos biológicos y hasta a una novela de grandes alcances escrita por Franz Kafka que lleva ese título. Algunas traducciones aplican el criterio dinámico de utilizar más palabras para conseguir que la intensidad del verbo se transmita mejor y así puedas comprenderse más las proyecciones de la exhortación paulina.

Esta palabra, metamorfosis, evoca la necesidad que veía el autor de la epístola de someterse permanentemente a un proceso de cambio mental, espiritual y cultural con el fin supremo de conocer a fondo la voluntad de Dios. Semejante proyecto vital es propuesto como la actitud básica con que debería experimentarse la vida cristiana y, por supuesto, la relación con Dios. Por ello, el famoso postulado Ecclesia reformata et semper reformanda est secundum verbum Dei (Iglesia reformada siempre reformándose de acuerdo con la Palabra de Dios), acuñado en los Países Bajos, resume muy bien el espíritu de esta exhortación paulina, pues retoma el impulso para afrontar las realidades presentes con la mirada puesta en las transformaciones que el propio Dios espera que la iglesia lleve a cabo para estar a la altura de sus exigencias.

Hasta aquí todo suena muy bien, porque parecería que las diversas vertientes de la Reforma Protestante asumieron como programa principal la transformación continua de las estructuras eclesiásticas, de sus mentalidades, acciones y proyectos y que esto se ha realizado así desde el siglo XVI hasta la fecha. Esto es completamente falso, porque, lamentablemente, desde los inicios de la Reforma, y con el paso de los años, nunca se establecieron criterios para normar el cumplimiento de este precepto, que ahora sólo es una frase propagandística más para repetir todos los meses de octubre en nuestras iglesias.

La disposición permanente para el cambio en las iglesias debe ser vista como el resultado de la respuesta en obediencia a la acción del Espíritu, quien permanentemente pugna por modificar la mentalidad y actuación de su Iglesia, como se aprecia claramente en las cartas que dirigió en el Apocalipsis a las comunidades del Asia menor, en algunas de las cuales incluso utiliza un lenguaje muy violento para convencerlas de los cambios de rumbo específicos que debían realizar.

Por todo esto, el recuerdo y celebración de los momentos fundadores de las reformas del siglo XVI no debería ser tanto la conmemoración de la obediencia de sus dirigentes y protagonistas, sino también una puesta al día de la nuestra hoy en día, cuando nuevamente somos confrontados con esa exhortación: “Lleven a cabo una metamorfosis en todo lo que hacen”.

Reformar la fe de las personas, individual y colectivamente

El énfasis renovador que movió a los reformadores/as del siglo XVI tuvo como punto de partida circunstancias y coyunturas que se conectaron muy bien con el espíritu de las palabras paulinas. De este modo, para Lutero, por ejemplo, el caso de la venta de indulgencias puso en entredicho varios aspectos de la fe individual y colectiva, pues se sumaron factores que, vistos paso a paso evidenciaban la forma en que la comprensión del contenido de las Escrituras había sido falseada. Veamos:

a)El papa y sus colaboradores no podían, de ninguna manera, administrar los elementos escatológicos de la fe como bienes materiales, lo que los hacía culpables de simonía.

b)El destino de las personas más allá de la muerte está única y exclusivamente en las manos de Dios y no puede ser modificado por artilugios materiales y terrenales.

c)La enseñanza de las Escrituras había sido tergiversada en el sentido de que la representación de Dios en el mundo no podía ser puesta en entredicho por las acciones de los dirigentes de la Iglesia.

d)Los integrantes de la Iglesia debían recuperar su papel protagónico para reclamar los derechos que la institución religiosa había asumido como propios e inalienables ante los poderes del mundo y más allá de ellos.

e)La autoridad moral de la Iglesia estaba en crisis, puesto que su estrecha relación con los monarcas de la época (constantinismo) había desnaturalizado su capacidad para exponer las exigencias radicales del Evangelio de Jesucristo.

Por todo lo anterior, se hacía urgente una verdadera reforma, no un reformismo, de las acciones y mentalidades de la Iglesia y de la sociedad, pues ésta se asumía como cristiana en todos sus órdenes, pero no vivía consecuentemente aplicando los valores del Reino de Dios en el mundo y había faltado al principio bíblico de escuchar y obedecer la voz del Espíritu para transformarse en el sentido que Dios deseaba que sucediera. De modo que este pecado, eclesiástico y social, negarse a aceptar las transformaciones impulsadas por el Espíritu, propició que la sociedad acomodara la enseñanza de la Iglesia a sus propios intereses de mantener la situación tal como estaba, cerrando la puerta para los cambios deseados por el Espíritu. Esta lectura teológica que en su momento no fue totalmente expuesta como tal, fue construyéndose sobre la marcha, a medida que avanzaban los diversos movimientos reformadores. Los grandes documentos que se fueron redactando, tales como La libertad del cristiano, de Lutero, o la Institución de la religión cristiana, de Calvino, entre otros, mostraban la necesidad de tomar muy en cuenta las palabras de Romanos 12.1-2 como fundamento del cambio que demandaban las circunstancias para tratar de vivir de acuerdo con las exigencias del Evangelio ante los evidentes signos de descomposición generados por la práctica de la llamada Cristiandad, que era lo que había entrado en una crisis irreversible.

Calvino dedica varias páginas a comentar Romanos 12.1-2 y en cuanto al v. 2, utiliza el verbo reformaos para traducir el griego metamorfousthe. Karl Barth explica el mismo versículo así: “Penitencia significa cambiar de modo de pensar. Este cambio de mentalidad es la clave del problema ético, el lugar en el que se produce el giro que apunta a un actuar nuevo. […] Pensar en la eternidad es tener el pensamiento renovado, es cambiar de modo de pensar, es la penitencia”[modern_footnote]K. Barth, Carta a los Romanos. Madrid, BAC, 1999, pp. 511-512.[/modern_footnote]. En suma, la Iglesia pudo y puede cambiar y transformarse, renovarse y reformarse continuamente, cuando toma muy en serio esta visión de presente y futuro, esto es, cuando mira la existencia, su existencia, como una subordinación auténtica y radical a los verdaderos planes de Dios. Porque influir o tratar de cambiar la fe individual y colectiva era el reto mayúsculo que enfrentaron las reformas religiosas y sigue siendo el mismo que enfrentamos ahora.

2. Reformar la espiritualidad

Dios y Padre Todopoderoso, en esta vida hemos tenido muchas luchas, danos la fuerza de Tu Santo Espíritu, para que vayamos en medio del fuego y de las muchas aguas con valor, y así someternos a tus reglas, para ir al encuentro de la muerte sin temor, con total confianza de Tu asistencia. Concédenos también que podamos 

llevar todo el odio y la enemistad de la humanidad hasta que hayamos ganado la última victoria y podamos llegar al bendito descanso que Tu Único Hijo ha adquirido para nosotros por medio de Su sangre. Amén.

Juan Calvino, El libro de oro de la verdadera vida cristiana[modern_footnote]Texto completo: http://cristianohoy.files.wordpress.com/2009/06/juan-calvino-el-libro-de-oro.pdf.[/modern_footnote]

Espiritualidad y sacerdocio universal

La espiritualidad cristiana expresa la forma en que entendemos la relación con Dios y su aplicación a los diversos escenarios que enfrentamos como seres humanos. En ella se dan cita no solamente las prácticas estrictamente religiosas (oración, liturgia, sacramentos) sino que también confluye la manera en que proyectamos el sentido que nos otorga la creencia en la salvación para hacerla visible en todo lo que hacemos. Las personas que dicen que son redimidas asumen toda la existencia de una manera espiritual, esto es, que las acciones de Dios en Cristo son lo más relevante para su vida y presiden todo lo que piensan y hacen. La nueva vida que experimentan se vacía, por así decirlo, en el molde de la espiritualidad.

En los inicios de la Reforma Protestante, estaba en boga lo que se conoció como la devotio moderna (devoción moderna), que intentaba mezclar algunos elementos del humanismo con la práctica individualizada de la fe. Así, promovía el estudio de las Escrituras y, al mismo tiempo, recomendaba una actitud mucho más centrada en las personas por separado hacia las creencias y la religión. Sin duda, esto fue uno de los pilares espirituales de los diversos movimientos identificados con la Reforma, pues con él se buscaba superar los énfasis de la llamada Cristiandad, en la que la religiosidad obedecía a una serie de normas colectivizadas e impuestas como las únicas que permitían a los creyentes acercarse a Dios. Podría decirse que, antes de la Reforma, se practicaba, sobre todo, una religión corporativa, dominada por los hábitos tradicionales que no podían modificarse tan fácilmente. Una especie de manual para esta nueva forma de devoción fue el libro Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, que expone las bases de la conexión personal con Dios y la necesidad mostrar activamente el amor hacia Él, por ejemplo, mediante la participación sacramental.

Con estos antecedentes, las diversas vertientes de la Reforma insistieron en que cada creyente tenía una responsabilidad personal en el cultivo de su espiritualidad, más allá de las técnicas impuestas para lograr ser “un buen cristiano” algo que, en su momento, sólo se creía posible a través de la mística o de la dedicación para convertirse en “religioso/a”, una idea que no ha desaparecido del todo.

Y es que, en este terreno, tan básico para la práctica de la fe, también aplica el principio bíblico del denominado “sacerdocio universal” de cada creyente. Si éste desea tener una auténtica relación con Dios, no tiene más remedio que ser su propio sacerdote, es decir, que entre Dios y él o ella no hay más intermediario que Jesucristo. Ninguna persona, así sea la más santa o consagrada, puede interferir o intervenir en esa relación. Ésta es la base más profunda de la espiritualidad protestante: no depender de nadie para tratar con Dios, pues este principio de individualidad de la actitud espiritual surgió precisamente cuando comenzaron a superarse, en todos los ámbitos, las ideas ligadas a la existencia de la Cristiandad.

Una espiritualidad reformada

La nueva forma de relacionarse con Dios tenía que superar la perspectiva sacerdotal y sacramental o, más bien, complementarla con una sana relación con la Palabra divina. Para lograrlo, había que colocar la fe en un horizonte similar al de los israelitas cuando quedaron lejos de Jerusalén y tuvieron que centralizar el culto alrededor de la Palabra. El surgimiento de la sinagoga fue una auténtica revolución religiosa que proyectó la espiritualidad a un nivel personal y comunitario muy distinto al conocido hasta entonces. La Reforma, as u vez, produjo una espiritualidad más acorde con la nueva situación social y cultural, es decir, ante la irrupción de la modernidad, pues ésta reclamaba una actitud diferente ante Dios y el mundo. La secularización en ciernes serviría para poner en su lugar específico la práctica religiosa como tal, si se quiere seguir viendo así. El NT alude a la necesidad de ubicar la comunión con Dios en un marco ritual y cultural conforme con los valores del Reino de Dios. El apóstol Pedro, comenzando su primera epístola, plantea la necesidad de balancear el mandamiento divino, lo que Dios espera de los creyentes, y la creatividad espiritual, por decirlo así. Con ella será posible estar dispuestos a seguir la orientación del Espíritu.

La espiritualidad, entonces, no deberá depender de las ceremonias externas, como es la tendencia general, sino de la actitud prevaleciente para experimentar la vida de fe de manera cotidiana. Para el apóstol Pedro, el hecho de haber “renacido para una esperanza viva” (1.3) es lo que preside cualquier forma de espiritualidad que merezca llamarse cristiana. Además, de la sublime realidad de “amar a Dios sin haberlo visto” (1.8) surge el desafío para ser “espirituales” en medio de un mundo que no entiende cabalmente en qué consiste la espiritualidad. El v. 13 incluye una serie de exhortaciones que construyen una espiritualidad sana: “ceñir los lomos” del entendimiento, practicar la sobriedad y “esperar completamente” en la gracia. Esta forma de espiritualidad busca siempre “saber qué pensar y qué hacer” en cada circunstancia mediante el ejercicio de una lucidez madura alimentada por el Espíritu (1.22) y por la Palabra (2.2). Estamos hablando de una espiritualidad informada por ambos, por el Espíritu, que nunca irá en contra de las enseñanzas de la Palabra divina y de la Palabra misma. Esta in-formación incluye los elementos básicos de la fe que intenta ser pertinente en cada momento, porque a cada paso, dice el apóstol, nos encontramos con los desafíos divinos y la fe, subraya, debe ser probada “como oro” (1.7), tan valiosa, siempre, y tan frágil es, eventualmente.

Ser santo como el propio Dios, una idea tomada directamente del Levítico (1.16), no consiste únicamente en guardar preceptos sino en asumir la existencia completa como un acto de servicio a Dios y a los demás, a quienes Él no ve como seres extraños, motivo por el cual no hace acepción de personas (1.17). Tampoco en apartarse compulsivamente del mundo y de sus tentaciones, lo que hace que muchas veces no se disfrute sanamente de sus cosas buenas, que son don de Dios. De ahí que los creyentes pueden sentirse a gusto en el mundo porque pueden ver la presencia de Dios en todo lo que les sucede, y cómo su amor se agiganta en cada circunstancia y encuentro con la realidad, en todas las exigencias que reclama para dar testimonio de la salvación en Cristo. Podría decirse que el apóstol Pedro propone no una “espiritualidad de caras largas” o demacradas por el esfuerzo de ser fieles a Dios, sino una espiritualidad feliz, propositiva y creativa que siempre está dispuesta a dar varios pasos más allá de los cánones estrechos de cierta religiosidad prescrita en manuales inoperantes.

Reformar la espiritualidad consiste, entonces, en aprender, cada día, a tomar lo que Dios entrega en su gracia sin falsas esperanzas en las posibilidades cerradas de una humanidad autosuficiente y soberbia. La espiritualidad genuinamente reformada es aquella que le dice a Dios: “Tú has hecho, haces y harás la parte que te corresponde en tu carácter de creador y redentor libre. Ayúdame ahora a hacer la mía, bajo la orientación de tu Espíritu y tu Palabra”. Ésa y no otra es la orientación general de la Reforma Protestante para lo que denominamos nuestra “vida espiritual” en la línea de la conclusión de las cartas petrinas: “Mejor dejen que el amor y el conocimiento, que nos da nuestro Señor y Salvador Jesucristo, los ayude a ser cada vez mejores cristianos” (II P. 3.18, Traducción en Lenguaje Actual).

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*Leopoldo Cervantes Ortiz es un Teólogo, Editor e Historiador mexicano. Cuenta con una Maestría en teología (Universidad Bíblica Latinoamericana), y es pasante de la Maestría en Letras Latinoamericanas (Universidad Nacional Autónoma de México).