«…que les ha nacido hoy…» Ensayo de hermenéutica narrativa con la niñez

Sobre Lucas 2.1-38, Mateo 1.18-25(1) y ProtoEvangelio de Santiago 8-20(2)

por Juan José Barreda Toscano y Azul Barreda Juárez

 

En este trabajo quiero reconocer el gran aporte que Edesio Sánchez ha hecho al pueblo latinoamericano en el campo de la traducción y de la exégesis bíblica. En particular, a la interpretación bíblica en perspectivas de la niñez. Con la ayuda de mi hija, Azul, compartimos este ensayo expresándole nuestro gran cariño, admiración e influencia al releer las Escrituras desde la niñez.

La hora del nacimiento ha llegado. Lo sabe María que siente la panza como una piedra. La espalda le duele mucho, como si le dieran unos pinchazos. Es pequeña. Apenas ha aprendido a convivir con los inconvenientes del período de las mujeres y ahora será mamá.[3] Su cuerpo no tiene suficiente memoria de juegos e imprudencias, y ahora debe lidiar con la responsabilidad de criar a un hijo, ser la esposa de un hombre mucho mayor que ella y liderar su propia casa.[4]

No se atreve a mirar a su esposo porque no quiere molestarlo, pero aún el pudor no es suficiente para evitar algunos gritos de dolor. José, su esposo, la mira preocupado pero sin hacer nada. Ya conoce esa situación y no es que le falten ganas de ayudarla, es que cree que dichos dolores tienen un origen divino que no debe impedir.

—¿Te parece que ha llegado el momento?— le pregunta José.

—¡¡Me duele mucho!! —le grita María en medio de otra contracción.

El tono de voz le molesta a José que no acostumbra permitir a su mujer hablarle de esta manera.[5] Pero no le dice nada porque piensa para sí que en situaciones de semejante dolor no hay mandamiento divino ni siglos de sumisión suficientes que ayuden a guardar la cordura. Con la preocupación de alguien que espera un hijo varón,[6] piensa también en la salud de María a quien empieza a amar.[7] Entonces le pide a su hija mayor que se quede al lado de esta por unos momentos porque él irá a buscar una partera que la ayude. Como varón fiel a Dios considera que no debe tener contacto con una mujer en condiciones de tal impureza. Ciertos fluidos han comenzado a salir del interior de María.[8]

Por orden de su padre, Salomé[9] acompaña a María en el pequeño establo donde todavía pueden sentirse los olores de los animales que la habitan usualmente.[10] Pero ambas, jóvenes casi de la misma edad, están familiarizadas con tales aromas. Como muchas otras jovencitas —o debiera decirse «niñas»–, tienen como responsabilidad alimentar a los animales que posee la familia.

María, ahora a solas con Salomé, se anima a expresar su dolor con gritos más fuertes. No han tenido tiempo para conocerse, pero Salomé tiene gestos de cariño: le pone a María un paño de agua fría en la frente y le acaricia la mano. La joven parturienta se la aprieta con la llegada de una nueva contracción. Posteriormente, un breve alivio le permite mencionar el nombre del Señor a quien pide ayuda para cumplir con la misión encomendada: traer a su niño prometido al mundo. Anhela en su corazón honrar a su esposo, y con ello lograr el respeto de toda la familia de José como una mujer bendecida.[11] Salomé la oye y espera que pronto le llegue la hora de ser dada en matrimonio y tener hijos.

Jacobo, el hijo mayor de José, acompaña a su padre porque no quiere oír los gemidos de su esposa. José, el segundo hijo y que tiene el mismo nombre que su padre, se distancia del establo porque no cree apropiado estar cerca de María en tal condición. Todavía es difícil para ellos incorporar como esposa de su padre a una mujer tan jovencita. No esperan mucho de ella, pero la respetan por su posición en la familia. Muy posiblemente, la presencia del nuevo hijo apresure la decisión de estos jóvenes a encontrar esposa y salir de allí. O quién sabe.

José busca al mesonero que les ha cedido el lugar en el establo. Esta vez espera encontrar una mejor respuesta de su parte. En sueños un ángel le dijo a José que siga con María porque su embarazo era fruto del obrar del Espíritu Santo, que la criatura que esperaba salvaría al pueblo de sus pecados. Ahora, llegado el momento del parto, José recuerda esta visión y desea que Dios lo ayude a encontrar una partera, tanto por la salud de esposa e hijo por nacer, pero también, porque no cree que Salomé tenga edad para acompañar a María en tremenda situación de dar a luz. En otras circunstancias la ayuda la hubiera realizado una madre mayor de la familia, pero ellos están lejos, y no se conocen aún con los familiares que tiene en Belén. José y su familia son forasteros galileos, y son vistos con cierto recelo por los judíos.[12]

El mesonero vuelve a atender a José. Hasta ahí llega su cortesía. No tiene mayor interés en ayudarlo a resolver un problema de mujeres. Con todo, su esposa interviene en la charla y se ofrece a ayudar a José y a María sin que el esposo la haya autorizado a hablar. Quizás —piensa José— es Dios quien genera tal osadía en esta mujer, y aunque debería de sentirse ofendido él mismo por tal acción vergonzosa, prefiere ver la ayuda divina detrás de esta.[13] José permanece sin quitarle la mirada al mesonero ignorando la propuesta de la esposa, pero el mesonero acepta y se retira. La mujer toma algunos jarrones y cuando piensa dirigirse a llenarlos de agua, José tiene la cortesía de ordenarle a Jacobo que lo haga. Entonces la señora va en busca de unos ungüentos y unas mantas que ayuden en el trabajo de parto y cuiden del bebé. Ella ya conoció a toda la familia y sabe que no tienen mucho para los cuidados de la joven mamá. No se trata de cualquier tarea la que viene. En el regazo de esta mujer, en pleno parto, han quedado dormidas para no despertar, más jovencitas de las que quisiera recordar. Las cosas son así. El nacimiento de más de un hijo significó la vida de su propia madre.[14] Por cierto, el nombre de esta mujer es Tirsa.

María está tirada sobre unas esteras de palmas cubiertas con piel de oveja negra. Siente su visión oscurecerse, quizás por el dolor, quizás porque a través de una diminuta abertura se desvanece, como fatigada, la luz del sol. Apenas higienizada, el frío comienza a hacerse presente pero la anima el hecho de ser mamá, porque según lo cree, será una mujer completa al darle un descendiente varón a su esposo, el primogénito para ella. Salomé observa detenidamente toda esta escena y le pide a Dios que le conceda también tener un varón.

Aunque se habló muy poco del tema —porque así debe de ser cuando se trata de una manifestación divina—, la familia tiene grandes expectativas del niño que el ángel anunció. Como todo varón, piensa Salomé, al crecer será fuerte y honorable. María lo imagina determinado en sus decisiones y capaz de liderar al pueblo. Y es que Dios los ha creado así —piensan para sí—, y es por ello que vendrá la salvación por un hombre.

Como corresponde, José acompaña a la esposa del mesonero hasta unos metros antes del establo y deja que las mujeres atiendan sus asuntos. Jacobo ha tenido que llegar más cerca por los jarrones de agua. El lugar estaba ya oscuro y el establo aún más. Entonces se ofrece a encender las lámparas pero la esposa del mesonero le dirige una mirada que le muestra lo inapropiado de su presencia en el lugar. Salomé se ofrece a hacerlo, y Jacobo sale del establo agradeciendo a Dios por ser hombre. José escucha los gritos de dolor de María, y le viene a la mente la misión del hijo que está por nacer: «salvará al pueblo de sus pecados». «¿Cómo será esto?» —piensa José— Toda vinculación con su familia davídica es tan pequeña que no sabe si es del todo cierta. No le ha valido de nada a ninguno de sus ancestros conocidos. «No soy más que un albañil, ¿cómo será mi hijo un Salvador?» –se pregunta. «Ni siquiera he podido darle un lugar digno para su nacimiento…»

Otro grito le advierte que el trabajo de parto ha empezado. José ya ha tenido dos hijos varones y una mujer. En el último parto la madre de sus hijos murió. Fue un profundo dolor para él, pero lo aceptó porque en las manos de Dios está la vida y la muerte. Ahora, esta jovencita lo llena de esperanzas. Estos pensamientos silencian por un momento el oído externo de José y lo trasportan a lugares que no visitaba hacía mucho. Pero nuevos gritos conducen su mirada hacia aquel establo en el que se encuentra María pariendo a su hijo. Los gritos son cada vez más fuertes por lo que advierte que el bebé está por salir.

Dentro del establo la joven mamá está en cuclillas y es sostenida por detrás por Salomé que debe de hacer un gran esfuerzo para seguir sosteniéndola. Atrás van quedando para la hija de José los juegos en el campo, las risas desprejuiciadas y otras libertades de la infancia, la permisividad de sus hermanos y los privilegios de su padre por ser «la mujer de la casa». Ese parto está cambiando la visión del mundo de Salomé, pues ahora sabe que en muchas maneras su vida como mujer será cuestión de no dejarse morir.

Tirsa ora al Señor entregándole esta nueva vida y le pide también por la vida de María. Por alguna razón, esta mujer pareciera saber que la criatura que está por nacer será especial. María sigue pujando. Salomé sigue tomándola por la espalda rodeándole el pecho con sus brazos. La sostiene tan fuertemente que se siente una con María:

—¡Sigue, mujer, que viene! ¡Sigue! —le dice Tirsa.

María apenas si puede oír la voz de esta mujer frente a ella de la que ni siquiera conoce el nombre. Se ha encomendado a ella por obediencia a su esposo, y no soporta más los dolores. En su oración, la joven parturienta le había dicho al ángel que Dios podía hacer con ella lo que quisiera, pero las cosas se estaban dado de tal manera que todo su espíritu de entrega estaba a prueba. Por su parte, la oración de Tirsa se convirtió en una melodía como de ángeles dándole la gloria al Señor. Interrumpe y le grita:

—¡Empuja! ¡Empuja!

Un ardor en su parte íntima señala a María que la cabeza de la criatura empezó a salir. Las mantas apenas alcanzan para limpiar los fluidos que caen. Nuevamente, María oye que le gritan:

—¡Empuja! ¡Empuja!

José oye el grito y entiende que el parto está avanzado, pero no se acerca. Se aferra al suelo. Se queda allí sentado pero mirando el cielo. Las estrellas han surgido y se adueñan de la noche. José conoce la situación de espera. ¿Acaso debía de ser distinta esta vez? Si pensó que sería diferente, ahora ya sabe que no lo es. El largo viaje,[15] la pobreza, el establo, la situación de injusticia, todo lo sorprende porque tras la visión del ángel no pensó que viviría este momento con tantas dificultades. Su hijo, José, unos metros más allá, está sentado a la expectativa de todo. Entonces, se le pide buscar más agua, no porque se necesite, sino porque el papá no quiere que esté cerca de esta escena. Pasados unos minutos no se oyen más gritos. Jacobo se acerca a su padre y le advierte el silencio. No escuchan el llanto del bebé. Son segundos de tensión.

Finalmente, viene el llanto esperado. Es débil inicialmente y luego más fuerte. José abraza a Jacobo, su hijo mayor, que necesita saber que esa relación especial entre ambos seguirá igual. Abrazados y alegres se acercan a la entrada del establo esperando que las mujeres limpien el lugar y que preparen al niño para mostrárselo al papá. Pero tardan, tardan más de lo esperado, y vienen al corazón de José viejos fantasmas. Luego, se asoma Salomé y le dice a su papá que ambas están bien. Sin embargo, él la nota rara.

A su entrada, José puede ver a María tendida sobre la estera. Tirsa está sentada a los pies de la joven mamá y los acaricia queriendo calmar su dolor. La iluminación es pobre. José no ve al bebé sino hasta que se para al lado de su esposa. La bella criatura está sobre el pecho de su mamá enrollada en mantos livianos. Tirsa decide salir de la escena. Lo hace terminándose de llevar las últimas mantas usadas y, sin darse cuenta quizás, lleva consigo una de las lámparas encendidas. El lugar queda aún más a oscuras.

María acaricia a la criatura con ternura sin dirigirle la mirada a su esposo. Éste lo atribuye a su piadosa vergüenza en vista de su condición de impureza. Después de unos segundos José se agacha y alza a la criatura. María quiere decirle algo pero no lo hace. José le pide que descanse, pero no es cansancio lo que la detiene. Luego, él eleva una oración al Señor dándole gracias por tener un varón y que este sea quien traiga la salvación a su pueblo. La honra que este bebé trae a su familia es grande. Se vuelve a poner en cuclillas al lado de María y cuando le está por entregar el bebé ella le dice:

—No es varón… es mujer.

José no le presta atención, y pone a la criatura al lado de su mamá. Entonces, María mirando a su bebé, y evitando mirar al esposo, le vuelve a decir tímidamente:

—No es varón… es mujer.

José fija su mirada en María queriendo entender por qué le dice tal cosa, qué la lleva a decirle eso siendo que acaba de ver al bebé. Ella le vuelve a decir:

—Mi señor, no es un niño, es una niña.

Esta vez José entiende pero no comprende. No es la oscuridad porque ésta no hace estos juegos. Quizás por el cansancio, piensa, María confunde las palabras. José tiene una hija a la que cría como corresponde, y lo acepta; pero este tendría que ser un niño. No puede ocultar su decepción. Su postura corporal, su gesto desaprobatorio dicen más que mil palabras. María permanece con los ojos fijos en su niña y la acaricia como queriendo compensar algún tipo de rechazo. Se producen unos segundos de miradas extraviadas que acompañados de la penumbra del lugar hacen todavía más duro el momento.

Impertinentemente, afuera, los chicos alzan la voz para indicarle a José que Tirsa se va, entonces éste decide salir rápidamente. No constata que se trate de una niña. No quiere hacerlo porque hay algo de ira en su corazón. Entonces, se acerca a la salida y busca a Salomé para que entre y haga compañía a María, pero Salomé no está afuera. Es que ella estuvo todo este tiempo dentro del establo, a un lado, observando, y José no la había notado. Éste advierte la situación y se incomoda. Quisiera decirle algo, pero nota tristeza en la mirada de su hija, acaso porque ha visto la decepción de su padre, decepción que posiblemente sintió también cuando ella nació. José sale. Sus hijos no le preguntan nada, esperan que el papá hable primero, pero él no les dice nada y se distancia del establo rudamente.

En el lugar, María abraza como puede a su hija, y con lágrimas en los ojos procesa la tormenta de imágenes que atraviesan su vientre y su corazón: los rostros desaprobatorios de quienes supieron de su prematuro embarazo, la dura conversación con sus padres al darles la noticia, las dudas de José, la injusta razón de este viaje que genera toda esta situación, la falta de hospitalidad en Belén. Sin embargo, todo se detiene cuando recuerda la experiencia con el ángel: la sensación que tuvo frente a él, el peso de su voz, la angustia primera, y luego la paz que sintió ante la noticia. Su corazón comienza a latir fuertemente cuando recuerda su respuesta al ángel. La memoria se mueve lentamente con aromas, sensaciones e imágenes que la emocionan. La bebé parece sentir el corazón acelerado de su mamá y se inquieta. María prefiere concentrarse ahora en la vida que está en sus brazos. La mira, y a pesar de la poca luz, no se pierde ni un detalle de ella.

—¿Qué sueño fue ese? —piensa José.

Vuelven a él las dudas iniciales a toda esta historia. Se pregunta si todo esto no será pura imaginación, si no se ha dejado influenciar por María en todo esto.[16] La duda sobre su propio sueño le hace cuestionar también la visión de un ángel que dijo haber tenido María en la que tendría un hijo varón, por obra de Dios, quien salvaría a Israel.

—¿Puede haberse equivocado el ángel? Pero, ¿en ambos casos? —se pregunta buscando alternativas, sin considerar ni remotamente la idea de que la salvación podría venir de una niña.

Mientras camina en círculos pensando todo esto, ve pasar unos pastores y pastoras hacia la casa y el establo.[17] Entonces, sin decir nada, se une a ellos y camina a la par. Los pastores preguntan por la criatura que acaba de nacer. Salomé, que ha salido del lugar, les dice –como explicándose– que se trata de una niña, y que la bebé y su mamá están reposando. El mesonero se aproxima y observa desde la parte superior de la casa. José sigue oculto en el grupo y no se asoma, váyase a saber por qué. Entonces, las mujeres del grupo entran a verlas y hacen una señal de reverencia, y le cuentan a María que ángeles del cielo acaban de proclamar el nacimiento de una niña: «Os ha nacido en Belén una niña que salvará al pueblo. Vayan a verla…»

María no entiende lo que sucede. Lo cierto es que otra vez pareciera que la gracia de Dios la acompaña. Las mujeres permanecen un tiempo, agradecen a Dios por el nacimiento de la niña. Es sorprendente, pero ninguna de ellas cuestiona el hecho que no sea un varón. Luego, salen del lugar y cuentan a los demás sobre la niña y su madre; y todos, hombres y mujeres, vuelven juntos celebrando, alabando a Dios por su misericordia y amor. José se queda allí, frente al establo, parado sin decir palabra alguna. No entiende cómo es que las cosas pueden presentarse de modo tan distinto a cómo las creyó. A menudo se dice estar abierto al obrar de Dios, pero esto no sucede cuando las cosas no son como se desean.

José, que ha observado todo esto, deja correr la noche en diálogo con la soledad. Recién en la mañana entra al establo, y en un último gesto de duda sobre la capacidad de las mujeres para determinar el sexo de su bebé, carga a la criatura para ver sus genitales. Mientras la toma y le saca las mantas advierte que la niña tiene el cabello oscuro como el suyo y que también tiene la piel trigueña como la suya. María, que se ha despertado, no hace comentario alguno pero siente dolor. No dice nada. Teme incomodar más a su esposo. Descubierto el cuerpito, José nota que no es un varón. Luego, la criatura se mueve como reclamando su humanidad. Seguramente que es por el frío, pero José lo interpreta como una señal de pudor y la vuelve a envolver.

Vuelve a mirar a María y observa sus lágrimas, pero también su sumisión. Entonces se sienta a su lado, al lado de las dos mujeres, y decide dentro de él dejar de pensar y pensar tantas cosas. No se atreve a decirlo para afuera aún, pero ya dentro de su corazón empieza a orar así:

—Señor nuestro, tuyo es el reino, el poder y la gloria. Tus caminos no son nuestros caminos. Que sea como tú desees…

Una niña los guiará, una mujer liderará al pueblo hacia Dios. La libertad no llega como la pensamos. Quienes la reclaman también necesitan liberarse de prejuicios e injusticias endémicas. La esperanza recién comienza con la conversión de esta joven familia. María vuelve a lagrimear porque espera algo bueno de todo esto. José, ahora justo, «guarda todas estas cosas en su corazón».

Al terminar esta historia, Azul sonríe. Cada vez que la oye suele hacerme preguntas, observaciones y añade sus perspectivas sobre lo que sucedió. Pero cuando leemos los últimos párrafos simplemente me mira sonriendo. Con sus ocho años ella sabe bien que el texto bíblico dice que nació un varón, Jesús. Por eso sonríe con complicidad.

Le pregunto qué piensa, y me dice: «Y sí… podría haber sido una mujer».

Yo la miro con todo el amor y el compromiso que puedo transmitirle, y le digo: «Sí, hija, claro que sí…»

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Notas:

[1] Estos textos forman parte de los Evangelios de la Infancia, Mateo 1-2 y Lucas 1-2, en la que existen algunas convergencias y muchas diferencias. Estas diferencias pueden atribuirse a distintos intereses teológicos que, sin embargo, no tienen por qué ser vistos como divergentes. Sin embargo, están quienes ven en estas diferencias el fruto de la creación de historias independientes de la infancia de Jesús que procuraron explicar su origen sobrenatural y guiado por Dios, que enriquecería el relato de la vida y el ministerio del Mesías. Ver E. Norelli, 2011, «¿Cómo nacieron los relatos sobre María y José en Mt 1-2 y Lc 1-2?», en Los Evangelios. Narraciones e historia, eds. M. Navarro y M. Perroni, Verbo Divino, Navarra, pp. 329-347; también, G. Vermes, 2006, El nacimiento de Jesús, Editorial Crítica, Barcelona, pp. 27-40, 227-243.

[2]Para el ProtoEvangelio de Santiago se ha seguido la traducción de A. de Santo Otero, 1996, Los Evangelios Apócrifos, BAC, Madrid, pp. 130-170. El nombre Proto-Evangelio responde al hecho que su contenido refiere a eventos anteriores a los narrados en los Evangelios, particularmente a los de Mateo y Lucas. La historia que narra está centrada en la figura de María. Así, hay manuscritos muy antiguos que tienen el título de «Nacimiento de María…» Investigadores más actuales fechan este escrito, al menos en su versión inicial, entre mediados y fines del siglo II d.C. R. F. Hock, 1995, The Infancy Gospels of James and Thomas, Polebridge Press, California, pp. 8-13; B. Ehrman, 2005, Lost Christianities. The Battles for Scripture and Faith We Never Knew, Oxford University, Oxford, pp. 207-210; entre otros.

[3]La edad en la que eran casados los jóvenes podía variar de acuerdo a la región de Israel. Se sabe que las mujeres eran entregadas en matrimonio alrededor de los 12 o 13 años. T. Ilan, 1996, Jewish Women in Greco-Roman Palestine, Hendrickson, Massachusetts, pp. 65-69. Las historias de mujeres jovencitas unidas en matrimonios con hombres que podrían ser sus padres son comunes en la Biblia (cf. la segunda esposa de Abraham, la misma Agar; las esposas de David o Salomón y los diversos casos de poligamia, etc.).

[4]La tradición de José como un hombre mayor casado con la jovencita María es recogida en varios escritos del cristianismo primitivo además del Proto-Evangelio de Santiago (cf. ver J. K. Elliot, 2006. A Synopsis of Apocryphal Nativiy and Infancy Narratives, Brill, Leiden, pp. 17-23). No se puede afirmar con certeza que provengan de la misma tradición o que exista entre ellas una dependencia literaria. Las historias que se narran en ellas están cargadas de situaciones fantásticas, pero no por ello deben descartarse apriorísticamente cada dato que aportan. Tal prejuicio hacia esta literatura no usa los mismos criterios cuando, por ejemplo, se analizan los relatos de Lucas 2 y Mateo 1: las visiones y apariciones de ángeles, la misma concepción virginal, el anuncio de los ángeles, el viaje de los sabios de Oriente, etc. En estos escritos cristianos que no entraron en el canon bien pueden ser testimonio de historias muy antiguas que circularon de forma oral entre las comunidades cristianas. Se trataría de historias importantes para ciertos grupos que fueron enriqueciéndose en el contexto, modificando datos por diversas razones, cambiando sus implicancias, y aún, dándole una forma literaria que fue significativa para su contexto. Al respecto ver, R. Bauckham, 2011, Jesus e as testemunhas oculares. Os Evangelhos como testamunhos de testemunhas oculares, Paulus, San Pablo, pp. 407-455.

La visión de José como mucho mayor que María explicaría, por ejemplo, por qué este personaje desaparece abruptamente de los relatos de los Evangelios de Mateo y Lucas, y que casi no fuera mencionado en los de Marcos y Juan. También es posible que los hermanos de Jesús (cf. Mateo 13.55 y Marcos 6.3 –curiosamente no mencionados en Lucas 4.22), no fueran todos de madre y padre. Es decir, que algunos fueran mayores que él y otros no. Es posible que esto nunca se defina, pero a la luz de la narración que aquí se desarrolla se ha optado por seleccionar a Jacobo, Salomé y José como hijos de José y hermanos mayores de Jesús. Mientras que los otros, Simón y Judas, serían menores que él. Como nota llamativa, estos dos últimos tienen nombres de líderes de la revolución macabea, mientras que los mayores, de patriarcas.

[5] La relación entre esposo y esposa era asimétrica, aunque esto debió variar de acuerdo a la edad, la posición socioeconómica, la región, y aún, a la personalidad. Ver Juan José Barreda, «Sexualidad en la pareja en la literatura intertestamentaria», Revista Vida y Palabra 1/3 (2019), pp. 21-37. Definitivamente, en el siglo I d.C. hubo diversas estructuras familiares y matrimoniales que coexistieron –no sin tensiones– y que reflejaron su comprensión de la vida y de sus prácticas religiosas. Véase M. Peskowitz, 1993, «‘Family/ies’ in Antiquity: Evidence from Tannaitic Literature and Roman Galilean Architecture», en The Jewish Family in Antiquity, ed. S. J. C. Cohen, Scholar Press, Atlanta, pp. 9-36.

[6] Con relación a los hijos, los padres preferían un hijo varón que fuera su sucesor y quien continuaría el linaje de la familia. Respecto a la hija, un antiguo texto como TB Sanedrín 100b afirma: «Una hija es un falso tesoro para su padre. El temor que siente por ella le desvela por la noche: cuando es niña, teme que la seduzcan; de joven, que se descarríe; cuando está en edad de casarse, teme que no encuentre marido; cuando se casa, teme que sea estéril; y cuando es vieja, que se haga hechicera».

[7] Muchos matrimonios se arreglaban por acuerdo de los padres. La pareja no tenía tiempo para conocerse previamente, por lo que durante el matrimonio surgía el amor en sus diversas formas de existencia. Con todo, el concepto de amor también era diferente al de nuestros tiempos, aunque no hay por qué diferenciarlo tanto. L. Vegas Montaner, 1999, «El amor en el judaísmo del Segundo Templo y en la época rabínica», en Amor, muerte y más allá en el judaísmo y cristianismo antiguos, Universidad de Valladolid, Valladolid, pp. 16-38.

[8] Ver T. Kazen, 2010, Issues of Impurity in Early Judaism, Eisenbrauns, Indiana, pp. 52-54, 91-111. Participar del parto para un hombre era entrar en estado de impureza.

[9]Se desconoce si Jesús tuvo dos o más hermanas. El uso del plural para referirse a ellas en Mateo 13.55 y Marcos 6.3 hace pensar que mínimamente se trató de dos. La tradición cristiana primitiva habla por lo general de dos. Hace unas décadas R. Bauckham, 1991, «Salome Sister of Jesus, Salome the Disciple of Jesus, and the Secret Gospel of Mark», Novum Testamentum 33, pp. 245-275, propuso que sus nombres podrían haber sido «Salomé» y «María». El dato sobre la primera provendría, precisamente, del Proto-Evangelio de Santiago 19.3-20.4. Pero se trata de una conocida de la partera que no tiene vínculo alguno con José ni María. Su propuesta carece de argumentos serios y ha sido rechazada. Aquí se usa el nombre como ficción siguiendo la vieja tradición contada por Epifanio, Ancoratus, 60,1 (siglo IV) que denomina así a una de las hermanas de Jesús.

[10]El establo, gr. fatnȩ̄, posiblemente fue la planta baja, o bien un cuarto lateral, de la casa donde se guardaban los animales de la familia. El «mesón» es una posada, una habitación al lado de la casa, no es un hotel ni mucho menos. El término fatnȩ̄ también podría aludir a una especie de cajón de madera lleno de paja donde abrían recostado a la criatura. Sin embargo, por el uso en Lucas 2, parece aludir al lugar. B. Malina y R. Rohrbaugh, 2002, Los Evangelios Sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I, Verbo Divino, Navarra, pp. 364, 381.

[11]Como se puede ver en varias historias bíblicas, tener un hijo varón era importante para una mujer por diversos factores: le daba prestigio social al cumplir con las normas establecidas en la sociedad y la familia patriarcal, aseguraba el linaje del esposo bendecido por Dios según sus promesas, y aún aportaba a un miembro de la familia que generaría ingresos económicos para el sustento del grupo. N. Steinberg, 2013, The World of the Child in the Hebrew Bible, Sheffield Press, Sheffield, pp. 45-63.

[12]¿Será que «no hallaron lugar en el mesón» porque «no había lugar»? Es posible que no tuvieran suficientes recursos para ocupar el sitio; y por otro lado, su procedencia no fuera bien vista en el sur. No son desconocidas los prejuicios que tenían los judíos sobre los galileos. J. González Echegaray, 2000, Jesús en Galilea, Verbo Divino, Navarra, pp. 116-119.

[13]El binomio honor vs. vergüenza es muy usado por los biblistas para explicar las estructuras y relaciones culturales del mundo mediterráneo del siglo I. En ocasiones se cae en generalizaciones donde se presenta al hombre como quien lucha por el honor y el prestigio, mientras que la mujer buscaba no avergonzar a los hombres y cuidar del honor de este no defraudándolo (Así, por ejemplo B. Malina, 1995, El mundo del Nuevo Testamento. Perspectivas desde la antropología cultural, Verbo Divino, Navarra, pp. 45-83. Sin embargo, ver las observaciones de C. Osiek, 2008, «Mujeres, honor y contexto en la antigüedad mediterránea», en Reimaginando los orígenes del cristianismo, eds. C. Bernabé y C. Gil, Verbo Divino, Navarra, pp. 353-371). Esta mirada suele ser muy abarcadora, al punto que ignora las variedades de relaciones culturales desarrolladas en el mundo mediterráneo del siglo I. Por otro lado, casi no contempla las subjetividades desarrolladas en familias más pequeñas y en contextos aislados de otros, por ejemplo, los rurales con sus pequeñas aldeas. Para el caso de María y José, es interesante encontrar que el Proto-Evangelio de Santiago presenta a una María de clase social alta, jovencita –una niña–, pero con determinación y que difícilmente encajaría en la mujer sumisa preocupada en exaltar el honor de su esposo. Del mismo modo, el Evangelio de Lucas presenta a una María de carácter y que establece una relación bastante simétrica con los hombres del movimiento de Jesús. E. Támez, 2004, Las mujeres en el movimiento de Jesús, el Cristo, CLAI, QUITO, pp. 27-37, donde presenta a María como una joven mujer que ama y desafía.

[14] El nivel de mortandad de madres jovencitas –diríamos hoy «adolescentes» o aún niñas– fue muy alto en la antigüedad. En general en el mundo mediterráneo el trabajo de parto era llevado adelante por mujeres con todas las responsabilidades y pericia que esto traía consigo. Ante el silencio en los Evangelios de Mateo y Lucas respecto a la participación de una partera, el Proto-Evangelio de Santiago la incorpora, y además, la hace testigo del milagro de la virginidad de María. Carolyn Osiek, 2006, A Women Place. House Churches in Earliest Christianity, Fortress Press, Minneapolis, pp. 55-59.

[15] Según Lucas 2.4 y ss. María viajó embarazada desde Nazaret hasta Belén. Los viajes eran sumamente riesgosos, no solamente por el desgaste mismo de viajar largas rutas y en buenos tramos a pie, sino también por la inseguridad. Así, se solía viajar en grupos que pudieran protegerse entre ellos. En el caso particular de María, el viaje debió de ser riesgoso para ella siendo que era muy jovencita, primeriza y teniendo que hacer tan gran esfuerzo. Sobre los caminos y viajes en tiempos de Jesús, véase J. González Echegaray, 1999, Arqueología y evangelios, Verbo Divino, Navarra, pp. 103-119.

[16]Hay textos de la literatura intertestamentaria y rabínica que presentan la belleza y «dulzura» de las mujeres como un peligro para los hombres. En vista a esto, se aconseja a los varones alejarse de ellas y aún cuidar que las mujeres de su grupo familiar sean pudorosas, es decir, que escondan su apariencia física y que permanezcan alejadas de los hombres. Barreda, «Sexualidad en la pareja en la literatura intertestamentaria», pp. 35-36.

[17]La labor de pastoras era bastante común en la época. Muchas de ellas niñas, a muy temprana edad recibían la responsabilidad de cuidar de los animales en el campo, los propios y los de otros propietarios. En un trabajo coordinado, de gran responsabilidad y liderazgo, las pequeñas niñas asumían responsabilidades familiares que contribuyeron a la economía familiar y al desarrollo de sus destrezas sociales.

Tomado del libro: «Servir, Sentir, Discernir. Ensayos bíblicos en homenaje a Edesio Sánchez Cetina». Edits. Juan José Barreda y Esteban Voth

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