La sensibilidad de José a la voz de la Espíritu de Dios

por Fabio Salguero Fagoaga

En los Evangelios encontramos muy poco acerca de José. Sabemos que fue carpintero y que estaba comprometido con María, una jovencita que resultó embarazada antes de tiempo. También sabemos que José soñaba mucho, sobre todo cuando estaba angustiado y lleno de incertezas, como el-qué-dirán del embarazo anticipado; o como qué responder al escrutinio de la gente sin-sentido-humano cuando de sexo se trata.

Las incertezas de la vida le arrancaban preguntas a José, y era cuando más soñaba en busca de respuestas. No siempre lograba encontrarlas, habremos de suponer; sobre todo porque conocemos de su precaria vida de carpintero, que no era la exclusiva artesanía mobiliaria, no. Un hacelotodo, nos aventuramos a decir: un reparador de puertas; un armador de andamiajes para la construcción; un tachador de ventanas; un…, en fin, un emprendedor de la necesidad del día a día.

Sabemos también que José tenía una manera particular de ser piadoso, es decir, bondadoso. Alguien que piensa en el bienestar de otra persona antes que en el suyo. Por ejemplo, en una ocasión —se nos cuenta—, a José se le ocurrió divorciarse de María. Menuda conclusión. Fue esta la mejor decisión que se le vino a la mente para no exponerla a la deshonra.[1] Si habrán sido indulgente o condescendiente con José al decirlo así, no lo sabemos, pero intuimos un guiño del narrador al contarnos su relato, no a nosotras ni nosotros, por supuesto, sino a José que habrá disimulado algún suspiro al asentir con su confidente, el narrador.[2]

Lo cierto es que, según testigos, José no conciliaba el sueño al verse desbordado con estas preguntas. Pasó noches enteras elaborando alternativas con lo del embarazo. De hecho, José nunca fue muy popular hasta que se le vino el mundo encima con su nueva realidad. Por aquellos días, José y María hablaban poco. Él salía temprano a buscar reparar alguna que otra cosa. Alguna cerca, algún establo, hacer algunos pesebres. Volvía tarde, eso sí, a penas para recostarse y comer lo poco que guardaban en una alacena reparada que alguien le dio para completar el pago por el trabajo que un día hizo. María a penas se animaba a preguntar sobre su día. Prefería recibirle y esperar el destino.

Una noche José logró conciliar el sueño, o fuera el sueño el que logro vencerlo a él. Poco sabemos de los detalles, algunos cuentan más y otras cuentan menos. Pero los detalles explicativos son para los que ya han decidido no creérselo del todo. Lo que sí sabemos, según la primera etapa de entrevistas que se realizaron, es que José resolvió encontrar en sus sueños una forma de hacer mejor justicia a ese embarazo inesperado. En lugar de divorciarse de ella decidió quedarse a hacer familia. Su embarazo, pensó, era el suyo también. Pero para ser fieles al testimonio, su conclusión llegó luego de que el mensaje le llegara más allá de la cabeza y el orgullo, y más o menos más cerca del corazón.

  • José, —le dijo el que llevaba el mensaje—, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.[3]

Al día siguiente, a penas antes de salir a buscar el pan de cada día, se lo contó todo a María, quien sonrió y alcanzó a abrazarle conmovida al saberse recibida. No siempre ha sido así, habremos de saber. Muchas jovencitas han sido expulsadas de sus hogares al confesar su gravidez a sus padres. Muchas jovencitas han sido abandonadas a su suerte por quienes han participado en su embarazo. Pero dejemos las posibilidades para otro momento, las otras alternativas no vienen al caso. Ya sabemos que a José le llegó el mensaje y no hizo oídos sordos. Prefirió ser honesto consigo mismo sabiendo que el divorcio no era para beneficiar a María.

Los meses pasaron y ya era noticia para el vecindario que José y María estaban a unas semanas del alumbramiento. Pero azares del destino que se empeña en complicar las cosas, Augusto César, emperador de turno, pide hacer un censo en todo el imperio. Los ejércitos y su estilo de vida exigen más impuestos. Poco importa saber cuánta gente hay bajo su dominio, con que esté dominada basta. José, ni bien supo, no se iba a arriesgar a no ir. Había mucho que preparar si debía recorrer a pie una distancia de aproximadamente ciento once kilómetros. Pero el embarazo de María estaba avanzado. José no quiso dejarla en esta etapa de la vida, y aunque sabía que solo el jefe de familia era requerido en el censo, decidió llevarla.[4] Para algunas personas de la caravana, José era un tonto y un desconsiderado con esa pobre mujer. Para otras, quizás las menos, un hombre que va embarazado junto a María. Dejar a su esposa lidiando con lo del nacimiento, los cuidados del recién nacido y sin poder salir de casa para procurarse lo necesario, no era una opción. Aquí no habría pensado “tendré que ir solo por el bien de ella.” Para sus adentros, además, era una manera de seguir meditando en el mensaje que el ángel le dejó en sus sueños.

Ese mismo mensajero, o quizás otro —porque son tantos de los que Dios echa mano—, se había adelantado a José y María, y a la caravana en la que viajaban para censarse en su ciudad natal. El mensajero encontró a unos pastores en Belén, que en comparación con José, sí lograban conciliar el sueño siempre que les pareciera. Ya sabemos que los pastores son de poco fiar, y más sabemos que es improbable que Dios les favorezca rodeándoles de su gloria. Pero nuevamente, según las entrevistas realizadas que se llevaron acabo en aquella región, fueron varias personas las testigos de ese resplandor en las afueras de la ciudad. Muchas personas tuvieron miedo de esa luz, incluyendo a los pastores. Para algunas, la oscuridad les resulta más reconfortante porque la luz y la verdad les incomoda. Pero bien, los pastores, cada uno por separado, contaron su versión de la historia, y creámoslo o no, marginando alguno que otro detalle, coincidieron en que ese mensajero les dijo:

  • No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un salvador, que es Cristo el Señor.

Si pudiéramos ver al narrador guiñándonos un ojo, comprenderíamos que ese niño no es únicamente de José y de María, sino de toda aquella persona que haya sido marginada de la historia, y dotada —como los pastores—, de los prejuicios que les distribuye las gentes de bien.

Claro, los pastores no podían disimular. Se les notaba en el rostro el sinsentido del mensaje. Por eso, el mensajero, un poco sonrojado, —porque en comparación con la piel de las gentes de aquella región, los ángeles viniendo de donde vienen, no pueden ocultar el cambio de colores en su tez. Cuando nacen son rosados, cuando están tristes se pone azules, cuando están acalorados se ponen rojos, cuando se enferman se ponen verdes, y cuando están asustados se ponen amarillos[5]. Pues bien, con el sonrojo de haber dicho algo sin sentido y sin contexto, este mensajero les dijo que podían ir a corroborarlo, que sabrían que era cierto lo que les decía cuando encontraran al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.[6] Esos pañales habrán sido idénticos a los que envolvieron a Salomón,[7] nada lujosos por cierto, sino largas tiras de tela que mantenían quietos a los bebecitos para que pudieran crecer bien.[8] Demás decir que lo de los pañales es sabiduría ancestral de quienes han asistido partos a lo largo de sus vidas. Pero no es de los pastores ni las parteras de quienes estamos hablando, aunque tengan la misma función, porque unos llevan a pastar y las otras traen para acompañar.

Pues bien, cabe mencionar que con el anuncio de este nacimiento surge un coro celestial en la tierra de la miseria. Es el canto de la paz para quienes la voluntad es su único medio para hacer justicia a quienes son difamados por dedicarse a estas labores mundanas. Por esa razón no solo a las gentes de Belén les llegó la noticia, y para quienes la recibieron, comprendieron que la salvación está cerca cuando la gloria de Dios se ve en la tierra. Como cuando el amor y la verdad se encuentran, y la justicia y la paz se funden en beso fraterno.[9] Los sabios realmente sabios del Oriente percibieron este canto en la sinfonía de una lluvia de estrellas, pero se fijaron en la disonancia de una en particular y la siguieron.[10]

Extranjeros y locales, — o menos extranjeros si se quiere—, ambos sabios y sensibles, se juntaron en un pequeño establo a las afueras de la abarrotada ciudad de Belén, donde vieron a la feliz y agotada familia. Todas las personas que se acercaron a ver al recién nacido, coincidieron en que lo encontraron como lo había dicho el mensajero, en un pesebre. El pesebre fue la señal para reconocerlo;[11] y ahí había de buscársele y encontrársele.

Ambos, María y José, estaban boquiabiertos de lo que se decía de su bebé. Los pastores y los sabios del Oriente no paraban de contar su versión de los hechos, y un anciano llamado Simeón decía que podía morir en paz por haber visto al fin a su salvador. Pero nuevamente, por azares de la vida, a los pobres siempre se les quiere arrebatar lo bueno a penas lo han recibido. Con la bendición de Simeón vino también el anuncio de la desgracia.[12] Con esas palabras, José quedó atormentado. Un par de noches en vela y en el menor descuido, cuando el sueño vence, el mensajero le advierte que su hijo correo peligro. Ni bien se compuso de esos terrores nocturnos, tomó a Jesús en sus brazos para contemplarlo y asegurarse de que estaba bien. Despertó a María y con su hijo en brazos salieron hacia Egipto, que fue donde apuntó el instinto.[13] Quien nunca ha huido de la muerte poco sabrá interpretar que ese destino ha sido anunciado por Dios en sueños.

José y su sensibilidad a la voz de la Espíritu de Dios, busca proteger a su familia a toda costa. Su huida, la búsqueda de refugio, la asimilación de una nueva cultura, la incerteza del día a día, valen la pena para salvaguardar el don de Dios.

Después de un tiempo, José había hecho amigos en una comunidad migrante donde le ofrecieron trabajar en andamios. A los egipcios les gustaba construir y José encontró un nicho donde ganarse la vida. Un migrante con años en ese país tradujo sin tapujos los rumores sobre la situación política en su tierra. Herodes, el tirano y asesino, el que construyó el templo que simbolizaba la unidad judía, ha muerto.[14] A sus dudas, José decide reposarlas y consultarlas con la almohada, donde siempre obtiene certezas. Resuelve regresar con su familia a la tierra que le vio nacer. Pero sea el instinto o la voz de la Espíritu de Dios en sueños, José y familia se desvían y en lugar de regresar a Judea, se dirigen a Galilea, al caserío de Nazaret donde puedan mimetizarse como todo migrante.[15]

Lo poco que se rescata al seguirle la pista a esta familia, es que José acompañó a Jesús en todo lo que le fue posible. Decía para sí mismo que Dios le había confiado a Jesús, y tanto lo interiorizó que no hubiese tenido problema en presentarse como tales delegados. Si me lo preguntaran a mí, testigo por fe, podría decir que José y María cada vez que se topaban con alguien desconocido, se presentaban así: Yo soy José, y esta mi esposa María, y este es Jesús, el niño que Dios nos ha confiado. Pero la gente, que poco sabía de lo que guardaban y meditaban en el corazón, se empeñaba en decir que Jesús era el hijo del carpintero, quien bajo su tutela, crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba.[16] A José le quedó claro cuando el mismo Jesús lo expresó estando el templo en las fiestas de la Pascua. Según cuenta la misma María, Jesús se les perdió mientras ofrecían sus ofrendas y oraciones. Para ser sincera, se habían concentrado más en cumplir lo que mandaba la ley de Moisés. No se dieron cuenta hasta que la caravana en la que regresaban a Nazaret se detuvo a comer. Preguntaron aquí y allá, incluso lo buscaron entre sus parientes que también hacían el viaje. Todo un día preguntando por su hijo perdido. Alguien le insinuó a José que se regresaran a Jerusalén y lo buscaran ahí.

No fue hasta tres días después que lo encontraron en el templo, sentado en un semicírculo que habían formado unos maestros de la ley, a quienes escuchaba y les hacía las más creativas preguntas. Pero más que las preguntas, fueron las respuestas que daba las que causaron su admiración de parte de aquellos letrados.

María se consternó mientras que José se quedó perplejo. Sabía que Jesús había estado teniendo una actitud distante con él. Ya no lo ayudaba tanto con la carpintería y prefería ir a catecismo en la sinagoga antes que acompañarlo a hacer algún trabajo en el pueblo. Jesús casi no pasaba en casa. Quería explorar sus propios criterios y comprender el torbellino de sus emociones. En no pocas ocasiones Jesús salía al campo y se quedaba absorto al ver alguna higuera; la cosecha del trigo; o la espera de campesinos en la plaza del caserío mientras alguien llegaba a contratarlos.

José pensaba que debía ser la edad. Siendo un preadolescente aventajado y distraído, salía con alguna indiferencia cuando le llamaba la atención sobre sus responsabilidades.

En esa ocasión, en el templo, María le increpó. Se le acercó y le tomó del brazo diciendo que por qué se había portado así con ellos. En sus propias palabras, María le dijo:

  • Mira que tu padre y yo te hemos estado buscando angustiados.

José sintió que Jesús lo miraba de reojo, como disimuladamente. María recuerda que Jesús les dijo:

  • ¿Por qué me buscaban? ¿no sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?[17]

José sintió un vacío en la boca del estómago. María trató de consolarlo mientras Jesús caminaba unos pasos delante de ellos regresando a Nazaret, donde resolvió honrarlos y vivir sujetos a ellos. Desde ahí, ya no solo seguía contando con el favor de Dios, sino el de la gente, que veía en él a un hijo ejemplar. José ya no tenía que rebuscarse para motivar a su hijo a acompañarlo. Para María y para quienes participaron en las entrevistas, estos fueron los mejores últimos tiempos de su querido José.

No sabemos más sobre José. Su vida en la narrativa de esta historia es capítulo cerrado, pero su inspiración sigue siendo un ejemplo de la sensibilidad al percibir la voz de Dios a través de los sueños. José nunca lo dijo, pero con seguridad habrá pronunciado las palabras de disposición en las noches de insomnio: “Habla, Señor, que tu siervo escucha.”[18]

José supo esperar la guía de la Espíritu y supo interpretar la voluntad de Dios frente a las preguntas circunstanciales de su tiempo. José sabía que Dios actúa en las horas del sueño para solucionar problemas que no se pudieron resolver en el día, para mostrar sus caminos y traer al corazón su Palabra.[19]

María y José, y las mujeres y hombres con los que se cruzaron, fueron personas piadosas que hicieron lo que tenían que hacer en el día cotidiano, mientras Dios los visitaba para encargarles el próximo paso.[20] Cada quien, en el discernimiento personal o en el comunitario, esta invitada e invitado a llamar al conflicto por su nombre y a promover la protección de los más vulnerables,[21] animando y acompañando a quienes tienen una experiencia de vida abrumadora. Cuidando nuestras conversaciones, migrando en nuestras posturas y pensamientos, imaginando y reconstruyendo nuestras vidas desde el siempre presente futuro de Dios.

De José se habla poco en los Evangelios, pero su ejemplo de vida, con sus errores y aciertos, deja huellas seguras para transitar de nuevo el camino a Belén; el camino del exilio, y el retorno a casa.

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[1] Mateo 1:18

[2]  Para ampliar ver nota número 13 en Juan José Barreda y Azul Barreda Juárez, «…que les ha nacido hoy…» Ensayo de hermenéutica narrativa con la niñez, https://ftl-al.com/que-les-ha-nacido-hoy-ensayo-de-hermeneutica-narrativa-con-la-ninez/#_ednref13

[3] Mateo 1:20-21

[4] Craig S. Keener, Comentario del contexto cultural de la Biblia (El Paso, Texas, Editorial Mundo Hispano, 2003), p. 189.

[5] Extracto del poema And you call me Colored de Agra Gra.

[6] Lucas 1:8-12.

[7] Sabiduría 7:4.

[8] Craig S. Keener, Comentario del contexto cultural de la Biblia, (El Paso, Texas Editorial Mundo Hispano, 2003) p. 190.

[9] Salmo 85:9-10.

[10] Mateo 2:1-2.

[11] José Antonio Pagola, El camino abierto por Jesús, Lucas, (Madrid, PPC, 2012) 37.

[12] Lucas 2:25-35.

[13] Mateo 2:13-14

[14] Luis Alonso Schökel, La Biblia e nuestro Pueblo, (Bilbao, Ediciones Mensajero, 2006), nota al pie de Mateo 24.

[15] Mateo 2:21-23

[16] Lucas 2:40

[17] Lucas 2:48-49

[18] 1 Samuel 3:9

[19] C. René Padilla, Milton Acosta y Rosalee Velloso, Eds. Comentario bíblico contemporáneo, (Buenos Aires, Certeza Unida, 2019) 84.

[20] Ibíd. 424.

[21] Ibíd.

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