La resurrección del cuerpo 

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                                                 Por Juan Stam

Hay algo muy extraordinario en cuanto a la resurrección del cuerpo: ¡ya ocurrió! Esta gran promesa para el fin de los tiempos, se realizó una vez en el centro del tiempo.  Desde que Cristo se levantó de entre los muertos, la resurrección es una esperanza ya demostrada.  Ya tenemos las primicias, las arras de la resurrección final.  Cristo es ahora el primogénito de los muertos, entre muchos que resucitarán en el día final. Fue la gracia de Dios que nos ha dado en medio de la historia un anticipo concreto del final.

En 1 Co 15 San Pablo insiste en que la resurrección es un elemento esencial dcl evangelio (15:1-8), sin el cual no tiene el menor sentido:

Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes. Aún más, resultaríamos falsos testigos de Dios por haber testificado que Dios resucitó a Cristo, lo cual no habría sucedido, si en verdad los muertos no resucitan…Si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados…Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales (1 Cor 15:14-19 NVI).

Si los muertos no resucitan,

    “comamos y bebamos,

      que mañana moriremos” (15:32).

Con una famosa fórmula de Martín Lutero, podríamos decir que la resurrección de Cristo es el “articulus stantis et cadentis ecclesiae” (el artículo con que la iglesia se sostiene o se cae).1   Si Cristo no resucitó, ¿para que creer el evangelio? Si Cristo no ha resucitado, ¿para que seguir leyendo este artículo?  O Cristo resucitó o ¿para qué ser cristiano?2

Pero ¡Cristo ha resucitado, ha vencido para siempre a la muerte!  (15:20,58).

Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron…Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano. (1 Co 15:20,58 NVI).

De esto tenemos que darnos cuenta en tiempo de muerte, de desesperación, o de dudas. Yo tengo esta palabra que viviré, aunque la muerte me tenga rodeado por todos lados… La muerte?  ¡Muerte a la muerte! El Señor me ha prometido que viviré.  Esto lo creo firmemente.»  (Martín Lutero, Catecismo Menor).

La resurrección de Cristo es el fundamento sólido, firme e inconmovible, de nuestra fe y de nuestra esperanza.  Y ese fundamento es un mensaje para nuestros tiempos actuales de gran confusión.  Una de las teorías de la posmodernidad hoy se llama “la filosofía del No-Fundamento” , que afirma que no existe más verdad que la interpretación y la opinión de cada cual, y no hay fundamento para establecer ninguna verdad objetiva.  Los cristianos decimos que sí hay un hecho fundamentante, firme, inconmovible, y ese hecho es la resurrección de Cristo.

ENSEÑANZA BIBLICA

En Jesús de Nazaret Dios mismo entró en la historia humana y dio al proceso histórico su centro cristológico.  Y en Jesús, Dios el Hijo murió y resucitó.  Así, como ya hemos señalado, Dios adelantó el futuro y lo trajo al presente.  Por eso,  la resurrección de Jesús tiene una doble función para nuestra fe en nuestra resurrección al final de la historia: como una esperanza que ya se ha realizado una vez, la resurrección de Cristo es la “garantía adelantada” (por decirlo así) de la nuestra, y también es el prototipo definitivo que anticipa lo que habrá de ser la resurrección nuestra.

Eso es el significado de la frase “primogénito de entre los muertos” (Col 1:18; Ap 1:5).  Ese título cristológico lleva una sorprendente contradicción implícita.  “Primogénito” dice nacimiento; nos lleva mentalmente a la sala de partos.  Pero “muertos” dice lo contrario; nos lleva a la morgue, al necrocomio.  ¿Desde cuándo la vida puede nacer de la muerte?  Claro, ¡desde que Cristo resucitó!  Cristo cambió la morgue en sala de parto.  “Oh Cristo”, exclamó Miguel de Unamuno, “hiciste de la muerte nuestra madre”. Nuestra vida y nuestra resurrección nacen de la muerte y resurrección suyas.

“Porque él vive”, dice el himno, “viviré mañana”.  “Primogénito” nos avisa que como resucitó él, seremos  también resucitados nosotros sus hermanos. “Primicias de la resurrección” nos asegura que habrá después una cosecha final, demostrada ya en las primicias, y que los frutos finales serán como fueron las primicias.  La resurrección de Jesús garantiza la nuestra y también la prefigura.

Aclaremos que Jesús resucitó a novedad de vida, a la vida del siglo venidero.  Debemos distinguir la resurrección de lo que podríamos llamar “revivificación”, como la de Lázaro o la hija de Jairo.  Ellos estaban muertos y volvieron a vivir, pero después murieron otra vez.  Ellos resucitaron a una extensión limitada, durante cierto plazo de tiempo, de esta misma vida.  Pero Cristo resucitó a novedad de vida que nunca perece.  Por otro lado debemos distinguir entre resurrección e inmortalidad.3  La inmortalidad es del alma, sin carne ni huesos ni piel.  Eso lo creían muchos en la antigüedad.  Los griegos, por ejemplo, creían que el alma preexistía antes de “encarcelarse” en el cuerpo y que viviría después de la muerte. El alma, al escaparse de este maldito cuerpo, irá volando y vivirá para siempre espiritualmente.  Pero Cristo no resucitó espiritualmente, Cristo resucitó corporalmente.  Y en ese sentido su resurrección anticipa y prefigura la nuestra.  Como fue el cuerpo resucitado de él, así será el nuestro en la resurrección final.

Eso se demuestra dramáticamente en los evangelios. Aunque Mateo y Marcos casi no indican nada sobre las características del Jesús resucitado, Lucas y Juan son mucho más extensos.  Todos los evangelios subrayan la realidad literal de la muerte de Jesús y la total identidad del Resucitado con el Crucificado.  Lucas se empeña especialmente en destacar la realidad física del cuerpo de Cristo, junto con su liberación de los limitantes naturales del cuerpo humano no resucitado.  Cristo caminaba junto con dos discípulos (Lc 24:13-15); conversaba con ellos y les enseñaba, aparentemente en la misma forma que les había enseñado antes de morir.  Según Lc 24:17-19 parece que mantenía su sentido de humor.  También comía con ellos; sorprende la frecuencia con que el Jesús resucitado compartía mesa con sus discípulos (Lc 24:30,41ss; Jn 21:9-12; Hch 1.4; 10.41 NVI), igual que durante los años de su vida encarnada (Mt 26.17ss)4 y como haremos  en el Reino venidero (Mt 8:11; Lc 22:16,30; Ap 19:9).

Lucas 24 subraya con especial énfasis la realidad corporal del Resucitado, con una evidente intención teológica contra toda espiritualización de la resurrección que la confundiera con la inmortalidad del alma.  El se acercó a los dos caminantes (24:16) como cualquier otro ser humano que iba en el mismo camino.  El caminaba igual que caminaban ellos, un pie adelante con otro pie atrás.  El les hablaba igual que habla todo ser humano.  Caminando juntos, Cristo les dio un estudio exegético de teología del Antiguo Testamento, en la misma forma humana en que lo daría cualquier maestro bíblico.  Aunque no lo reconocieron, “porque sus ojos estaban velados”, o era por ningún aspecto “glorificado” que hubieran podido notar ellos, sino precisamente por parecerse totalmente a cualquier otro transeúnte del camino.  Sólo en “la fracción del pan” lo llegaron a reconocer (24:30).

Paradójicamente, en le momento de recibir ellos la vista, Jesús se volvió invisible y se quitó de la presencia de ellos (24:31).  ¿Habrá sido para hacerles entender que aunque él era siempre el mismo, ahora lo era bajo nuevas condiciones?  ¿Podría haber sido para darles tiempo a volver a Jerusalén a pie y llegar a tiempo para el encuentro que él tenía planeado para la noche (24.35s)?  No sabemos.  Pero lo cierto es que ellos regresaron a pie, igual como habían llegado a Emaús, mientras Cristo llegó instantáneamente, en la libertad del cuerpo resucitado, y “se puso” en medio de los discípulos.5

En el tercer relato de resurrección en Lucas (24:36-49), Jesús se empeña en convencer a los discípulos que su cuerpo resucitado es realmente físico.  Cuando él se presenta en medio del grupo, ellos se aterrorizan porque creen que es un espíritu.  Pero Jesús apela directamente a los sentidos de percepción de ellos para que reconozcan la realidad de su cuerpo:

¿Por qué se asustan tanto? – les preguntó — ¿Por qué les vienen dudas?  Miren mis manos y mis pies.  ¡Soy yo mismo!  Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo.  Dicho esto, les mostró las manos y los pies (24:38ss NVI; cf. Jn 20:20,25,27).

Cuando las claras evidencias de los sentidos físicos no bastaron para convencerles, Jesús apela a un segundo argumento, realmente genial:

Como ellos no acababan de creerlo a causa de la alegría y del asombro, les preguntó: ¿Tienen aquí algo de comer?  Le dieron un pedazo de pescado asado, así que lo tomó y se lo comió delante de ellos (24:41ss NVI).

Si los fantasmas no tienen manos y pies ni carne ni hueso, mucho menos pueden comer. Entonces, para mostrar la realidad de su resurrección, Jesús comió ante los ojos de ellos.  Lo vieron abrir la boca, levantar la comida con la mano, y comérsela.  A esta segunda demostración empírica Jesús ahora, como en el camino a Emaús, añade argumentos bíblicos:

Cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.  Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.  Esto es lo que está escrito – les explicó – que el Cristo padecerá y resucitará al tercer día… (24:44ss; cf 25ss).

Ahora que al fin han reconocido que él ha resucitado, y con cuerpo, Jesús les imparte una comisión misionera, de predicar en nombre del Resucitado “el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones” (24:47):

Ustedes son testigos de estas cosas. Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre: pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto (24:48s).

¡Y pensar que llegaron a ese punto por algo tan común y corriente — ¡verle comer al Resucitado!  Ese pescado asado ayudó a lanzarlos al proyecto misionero en el mundo entero.

Debemos señalar otra característica del Jesús resucitado: sus propios amigos no lo reconocían sino lo confundían con los más humildes seres humanos.  Aunque en Lc 24:37s lo confundieron al principio con un espíritu, era sólo porque en ese momento ni consideraban la posibilidad de que fuera él mismo resucitado.  Pero antes María Magdalena lo había confundido con el jardinero que cuidaba el huerto (Jn 20:15).  No lo confunde con un ángel, ni con un rabino o un profesor de teología sino con el jardinero.  Y cuando Cristo aparece a orillas del mar, los mismos discípulos suponen que es otro pescador más (Jn 21:1-4).  Después de la pesca milagrosa Pedro exclama a sus compañeros, “¡Es el Señor!”.  Aunque ya lo reconocieron, ninguno se atrevió a preguntarle quién era (21:12)

Lo más simpático, y hasta cómico, es el relato del camino a Emaús.  Los dos caminantes van cabizbajos, ya totalmente sin esperanza, aplastados, y se les acerca Jesús pero no lo reconocen.  Con la misma pedagogía y sicología que siempre demostraba, Jesús abre la conversación con una pregunta muy sencilla y natural, que introduce la siguiente conversación (un poco dramatizada):

Jesús: “Hola, muchachos. ¿De que vienen hablando ustedes que les tiene

tan tristes?”

Cleofás: “¿Serás tu el único extranjero en toda Jerusalén que no sabe todo lo

que ha pasado este fin de semana? ¿Cómo es posible que no sabes los

últimos acontecimientos?”

Jesús (con cara de inocente): “Pues, cuéntenme, ¿qué cosas han pasado?”

Ellos (sin darse cuenta que todo eso le había pasado a quien les acompaña,

pretenden ponerle al día con las noticias): “Lo de Jesús de Nazaret, que era

profeta poderoso en hechos y en palabras…”

Jesús (con expresión de mucho interés en saber más): ¡De veras! Cuéntenme

más…”

Ellos: “Pero nuestros sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron a ser

crucificado”.

Jesús: “¿Y entonces, qué pasó?”

Ellos (mirándole directamente a él, sin reconocerle): “Pues algunas mujeres

fueron al sepulcro y no encontraron el cuerpo, y después unos compañeros

también fueron al sepulcro, pero ellos tampoco lo vieron a Jesús”.

Notemos que Jesús les da espacio a ellos a expresar ampliamente sus propios sentimientos.  En vez de “caerles” con un sermón o de identificarse inmediatamente como “prueba” de la resurrección, les hace unas preguntas que les anima a exteriorizar sus pensamientos y emociones.  “¿De qué conversan?” (24:17), les pregunta, y después “¿Qué cosas?”(24:19).  Aparece aquí un Jesús sutilmente jocoso, que en la forma más cariñosa y pedagógica “juega” con ellos con un método socrático para llevarlos simpáticamente a un mejor entendimiento.  En esta conversación, Lucas parece decirnos que el Jesús resucitado no había perdido ni su gran sensibilidad humana ni su sentido de humor.  !Qué sicología de Jesús!  Haciéndoles preguntas, haciéndose el inocente, dejando que ellos le informen a él de su propia muerte, de la pasión que él mismo había sufrido en carne propia.  ¡Qué sentido de humor más profundamente humano!

Lo que nos interesa especialmente es que ellos, al ver a Jesús, creían que era algún extranjero que ni aun estaba al día con las noticias.  Los que vieron a Jesús nunca lo confundieron con un dramático ángel, echando rayos de gloria, cuya cara brillara como el sol al mediodía.  No.  La primera en verlo, María Magdalena, lo tomó por el jardinero que cuidaba el huerto.  Los dos caminantes lo ven como un forastero, sin absolutamente nada de excepcional ni impresionante.  Y los discípulos, desde la barca donde pescaban, primero creían que era otro pescador más.  Tan humano era el Jesús resucitado.

¿Cuáles son las características del Cristo resucitado?  Es importante, porque entendemos que nuestro cuerpo resucitado habrá de parecerse al cuerpo de Cristo, primogénito y primicias de la resurrección.  Podemos señalar las siguientes características:

1) Todas las fuentes señalan, de una u otra manera, la identidad del Resucitado con el anteriormente Crucificado y la continuidad ininterrumpida de su persona.  Según Jn 20:20,25-27, su cuerpo tenía las marcas y las recientes heridas (cf. Lc 24:39s).  En todos los textos, relatos de la sepultura son seguidos inmediatamente por los relatos de resurrección.  En su aclaración del evangelio que él había proclamado, Pablo incluye que “fue sepultado, y que resucitó al tercer día” (1 Co. 15:4). También al hablar de la resurrección final, Pablo propone analogías basadas en la continuidad y transformación del mismo cuerpo (15:36-44).

2) Todos los relatos indican, cada uno a su manera, que el cuerpo del Resucitado fue visible, audible, y en algún sentido físico.  Lucas y Juan son los más enfáticos en este aspecto. Aunque Pablo no entra en descripciones del Resucitado, destaca que éste aparecía (1Co 15:5-8).  Cuando habla del “cuerpo espiritual” (15:44, en contraste con “cuerpo síquico”, no con cuerpo físico), o la “tienda celestial” con que seremos revestidos (2 Co 5:1-5), Pablo destaca la novedad del cuerpo resucitado por el poder del Espíritu pero de ninguna manera lo reduce a una mera inmortalidad del alma.6  Pablo insiste específicamente en que el “alma” del creyente no quedará “desnuda” (2 Co 5:3s).

3) Lucas y Juan, que describen más ampliamente al Jesús resucitado, lo presentan como impresionantemente humano.  Come, camina, conversa.  Como consejero consolador, sicólogo y pedagogo, según Lucas, abre la mente y los ojos a los dos caminantes, y todo eso con un bello sentido de humor.  Es un Cristo que le gusta el compañerismo de la mesa, le gusta el compañerismo de un paseo. ¡De angelical tenía poco o nada, de humano muchísimo!

4) Diversas fuentes, y Pablo en particular, señalan el paralelo entre el cuerpo resucitado de Jesús y el de los fieles en la resurrección final.  Cristo es primogénito (Col 1:18; Apoc 1:5) y primicias (1 Co 15:23) de la resurrección futura.  El poder de su resurrección, que opera ahora en los que creemos, anticipa y garantiza nuestra resurrección futura (Ef 1:20; Rm 8:11). “Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros” (1 Co 6:14 NVI; cf. 2 Co 4:14).. Según Jn 5:28s, los muertos (creyentes e incrédulos) saldrán de sus sepulcros: un paralelo evidente a la resurrección de Cristo.

“¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!…Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es” (1 Jn 3:1-3).

SIGNIFICADO TEOLOGICO:

La Palabra de Dios nos manda estar preparados en todo momento para ofrecer una apología de nuestra esperanza y explicar su lógos a quienquiera nos lo pida (1 Pe. 3:15).  ¿Cuál, pues, es el sentido y la lógica de la resurrección de Cristo y la nuestra?  ¿Es sólo una exótica curiosidad al final de la historia o pertenece integralmente al sentido coherente de toda nuestra fe?

1) La resurrección de Cristo es el ancla firme de nuestra esperanza; significa que la esperanza cristiana tiene una sólida base histórica. Tenemos una esperanza bien fundada en un hecho ya demostrado: Jesús ha resucitado.  Es importante recordar que la esperanza es una parte esencial de nuestra fe.  Creer es esperar; si no espero, realmente no creo.  Y esta esperanza, que es inseparable de nuestra fe, no está en el aire.  Está firmemente fundada en un hecho que ya ocurrió, cuando Cristo resucitó..

Un filósofo contemporáneo que destacó el tema de la esperanza fue el marxista Ernst Bloch.  Hace unas décadas un alumno suyo, Juergen Moltmann, planteó dos preguntas muy importantes ante la “filosofía de la esperanza” de su maestro.  Si la muerte tiene la última palabra para cada ser humano, preguntó Moltmann, ¿con qué base podemos esperar?  Y peor, si nuestro planeta mismo también espera su propia muerte cósmica,7 entonces tanto a nivel personal como a nivel cósmico, pareciera que la esperanza no sería más que una fatua ilusión.  La muerte parecería llevar toda la victoria, pues al fin estamos destinados a la muerte humana y la muerte cósmica.

Entonces Moltmann comenzó a pensar en la resurrección de Cristo como lógos de nuestra esperanza.  Curiosamente, a la época estaba bastante popular la sensacional “teología de la muerte de Dios”.  Moltmann respondió que efectivamente, Dios había muerto (Dios el Hijo, en la cruz), pero también había resucitado y está sentado a la diestra del Padre.  Ahora nuestra fe nos da una verdadera base para esperar.  Frente a la muerte personal, nos asegura de nuestra resurrección en Cristo.  Y frente a la muerte cósmica, nos anuncia nueva tierra y nuevos cielos.

Por eso, aun cuando no haya base visible ni calculable para seguir esperando, el cristiano (como Abraham; Ro 4:18) sigue esperando.  No por las circunstancias, que comúnmente no alimentan ni fundamentan la más mínima esperanza.  Pero Cristo ha resucitado, y nosotros resucitaremos.  Después de la resurrección de Cristo, para el cristiano no debe de haber cómo desesperarse.  A la luz de la resurrección, todo es posible.

     Porque él vive, yo no temo el mañana,

     Porque él vive, el temor se fue,

     Porque yo sé que el futuro es suyo,

     Y que vale la pena vivir,

     Porque él vive en mí.

Creo que nuestros pueblos necesitan este mensaje, especialmente después de la “década perdida” de los 1980s, después de “la década peor” de los 1990s, y ante todas las incógnitas de la postmodernidad.  Tienen razón los que describen las últimas décadas como “el cementerio de las esperanzas”.  Como los caminantes a Emaús, muchos que antes habían esperado, y luchado por sus ideales, ahora no esperan más.  Muchos revolucionarios de ayer ahora están totalmente desilusionados y han abandonado los sueños de una utopía de justicia e igualdad.  Pero los cristianos sabemos que Cristo resucitó, y seguiremos esperando, contra viento y marea.

2) La resurrección es una afirmación del valor del cuerpo.  El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental.  La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser.  Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne.  La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros.  La carne no es de avergonzarse, sino de darle gracias a Dios.

La resurrección nos llama a ser humanos.  Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluida nuestra realidad física.  Es lindo como 1 Tm 2. dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.”  A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros.  Y volverá en cuerpo visible.  Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más anti bíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad.

3). La resurrección transformó para siempre el sentido de la muerte.  Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguientes palabras bellas:

La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano… [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver.  El cristiano conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia. 8

El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte…y muerte de cruz.

En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que » ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella»9  Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra «muerte».  Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hb 2.14).  La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Co 15:55).  Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”.

¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte!  Veamos ahora cómo Cristo con su resurrección transformó la muerte. Hay cinco puntos importantes con respecto a esto:

a) Cristo transformó la muerte de fatalidad en libertad.  Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella.  Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesús dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Jn 10:17-21).  En Cristo el morir es también un acto libre.  Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero, que asumieron conscientemente el morir por los demás.  Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa.  La muerte se ha convertido en libertad.

b). Cristo transformó la muerte de futilidad en plenitud.. En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC.  Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo).  La vida era un sinsentido, y la muerte el sinsentido final.  Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos.  La muerte ahora es la coronación de la vida.  Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre.” (Sl 16:11).  En Cristo la futilidad se tornó plenitud.  Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:

Cuando me llames

Concédeme, Señor, cuando me llames

que la obra esté hecha:

la obra que es tu obra

y que me diste que yo hiciera.

Pero también, Señor, cuando me llames,

concédeme que todavía tenga

firme el paso, la vista despejada,

y puesta aun la mano en la mancera.

Yo sé muy bien que cuando al cabo falte

mi mano aquí, tu sabia providencia

otras manos dará, para que siga

sin detenerse nunca nuestra siembra.

c). De derrota en victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?  ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57).  Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás.  Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya.  Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús.  Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor!  ¡Jesus es Vencedor!”10  Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!

A ti la victoria, Gran libertador!

Te alzaste pujante, Lleno de poder,

Mas que el sol radiante Al amanecer.

Gozo, alegría, Reinen por doquier,

Porque Cristo hoy día Muestra su poder…

Ángeles cantando Himnos al Señor

Vanle aclamando Como vencedor.

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!

A ti la victoria, Gran libertador!

d). De pérdida en ganancia.  “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21)..  Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor.  Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir.  Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad.  Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder.  Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados.  En Cristo, morir es ganancia.

Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele.  No debemos engañarnos con un falso optimismo  Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos.  Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:

Tesoro incomparable, Jesús amigo fiel,

Refugio del que huye del adversario cruel…

Sin tu influencia santa, la vida es un morir;

Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.

e). Finalmente, Cristo transforma la muerte de fin en principio.  La muerte no es el acabose sino el comenzóse, como diría Mafalda.  Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Ap 21:1s).  Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo.  Por eso también la muerte misma es un nuevo principio.  Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida.  Así Cristo ha transformado  el sentido de la muerte.

Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice que en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”.  Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos.  No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes».

En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido,  muy admirado y muy admirable.  Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia.  Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto.  Pero al fin salió el secretario del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”

Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53.  Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre.  Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo.  “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.

4) Una observación final: La resurrección de Cristo nos da una clave para entender otras esperanzas bíblicas.  Es una clave hermenéutica.  ¿Cómo va a ser nuestro cuerpo resucitado? Como el de Cristo.  ¿Cómo va a ser la venida de Cristo?  En ese cuerpo con el que resucitó.  ¿Cómo va a ser la nueva tierra?  Una que podré pisar con los pies de mi cuerpo resucitado.  Pero también tendré total libertad de aparecer ante Dios en la gloria, y verle como El es, y sin cuerpo igual que Cristo trasladarme a la nueva tierra a comer del árbol de la vida.  Sin caer en literalismos que van más allá de la enseñanza bíblica, podemos afirmar, a partir de la resurrección corporal de Cristo, un realismo básico en cuanto a las promesas escatológicas de la Palabra de Dios.

RESURRECCIÓN Y MISIÓN

Se ha dicho, con mucha razón, que acostumbramos predicar el evangelio a las personas como si fueran sólo “almas” y no tuvieran cuerpo.  ¿Qué significa la resurrección de la carne para la misión y la proclamación de la iglesia hoy?

1). Primero, significa una evangelización afirmativa.  Según 2 Cor.1:20 Jesucristo es el Sí y el Amén de Dios. Y en la resurrección de Cristo, y la nuestra, vemos que la vida no termina con un “no”, ni con signo de interrogación.  Termina con un “sí” enfático, y desde ese sí afirmativo debe de nacer nuestra evangelización.  Debemos ser gente positiva porque Cristo resucitó.  Hay mucho de negativo, y tenemos que ser realistas, pero lo negativo nunca debe de prevaler ni en nuestra vida ni en nuestra evangelización.  El “amén”, que es el “Sí” de Dios y el “sí” nuestro a Dios, debe de expresar toda la realidad de la resurrección en nosotros.

2) Nuestra misión debe realizarse en el poder de la resurrección.  En una oración verdaderamente sorprendente, cargada de superlativos y sinónimos enfáticos, Pablo pide a Dios que nos permita conocer “la supereminente grandeza del poder de Dios para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos…:” (Ef 1.19s),  ¡Qué increíble!  El mismo poder con que Dios resucitó a Cristo, nos ha resucitado de nuestra muerte espiritual (2:1) y opera en nosotros ahora, aunque no lo reconozcamos.  Pablo pide a Dios abrirnos los ojos (1:18) para darnos cuenta de nuestros recursos poderosos en Cristo.  Por eso Pablo afirma que hemos muerto y resucitado con Cristo.

En otra oración Pablo expresa su supremo deseo de “conocerle a El y el poder de su resurrección, siendo partícipe de sus sufrimientos”.(Fil 3:10s), que él describe como “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” (3.8).  El poder de la resurrección de Cristo no es solamente futuro, que en el día final el poder de Dios nos va a resucitar.  Ese poder opera en nosotros ahora.  Entonces en la fuerza de la resurrección de Cristo llevamos el poder de la vida y de la salvación a otras personas.  No tenemos que confiar en poderes nuestros (retórica, medios técnicos, encuestas); el poder de la evangelización tiene que ser el poder que nació en una tumba vacía.

Paradójicamente, como indica Pablo en Fil 3.10, el único camino al poder de la resurrección es la Cruz.  Antes de entrar en ese poder hay que asumir la cruz.  Es dramático el caso de los dos testigos de Ap 11.  Mientras soplaban fuego y castigaban la tierra con toda clase de plagas (11.5s), no lograban nada sino atormentar a la gente (11.10).  Tenían que morir con Cristo, llevando su vituperio (11.7-10), y resucitar con él a novedad de vida y poder (11.11s).  Entonces muchos “dieron gloria al Dios del cielo” (13).11  Aunque Cristo no figura en el relato (sólo se menciona en 11.8 para identificar a Jerusalén), él es de hecho el personaje central.  Si hemos de tener poder en tiempos de tribulación, la pasión de Jesús tiene que “duplicarse” en nuestra propia muerte y resurrección con él.12

René Padilla tiene una frase muy impactante en su libro Misión Integral:

La primera condición de una evangelización genuina es la crucifixión del evangelista.  Sin ella el evangelio se convierte en verborragia y la evangelización en proselitismo (p.25).

Hoy día muchos esfuerzos de evangelización comienzan más bien con la exaltación y promoción del evangelista.  La evangelización no puede basarse en la imagen de glamour o éxito, elocuencia o importancia, del evangelista.  De su propia “campaña evangelística” en Corinto, San Pablo dijo que no había ido con elocuencia ni sabiduría sino con debilidad y mucho temor y temblor.  Si Pablo hubiera venido así a alguno de nuestros grandes estadios, lo tendríamos por un fracaso y el año entrante invitamos mejor a Apolos.  Pero Pablo se propuso no saber nada sino a Cristo y éste crucificado, y el poder de su resurrección.  Muy difícilmente se va a manifestar el poder de la cruz y resurrección en un esquema personalista..  El poder de la evangelización tiene que ser el poder de la cruz y la resurrección, y sólo eso.

3) Debe ser una evangelización encarnada.  Nuestra Biblia comienza con la creación del cuerpo humano, termina con la resurrección de la carne, y en su centro vital proclama el hecho increíble de que el mismo Creador se hizo carne.  Para salvarnos, Dios se manifestó en una vida humana, de carne y hueso como nosotros.  La encarnación fue el método supremo de Dios tanto para su propia revelación como para la salvación nuestra (Jn 1:12ss,16):13

Y el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria como gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad…A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer (Jn 1.14,18).

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros tiempos nos ha hablado por el Hijo (Gr: “en Hijo”)…habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo…(Hb 1:1-3; cf 1Tm 3:16).

Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne… (Ro 8:3).

Y a vosotros….ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de su muerte, para presentaros santos y sin mancha….(Col 1:21s).

El Hijo fue enviado en carne, hecho una vida humana, y de la misma manera él nos envía a nosotros (Jn 20:21).  Nuestra evangelización comienza con la presencia manifiesta de Cristo en nosotros, haciendo acto de “residencia” en medio de la comunidad humana y reflejando su gloria, gracia e integridad (Jn 1:14).  Evangelizar no es sólo hablar, ni comienza con palabras.  Comienza con una vida que encarna el amor y el poder del Crucificado y Resucitado.

4) La resurrección implica también una evangelización humanizadora, que no deshumaniza sino humaniza.  Esto se basa tanto en la encarnación como en la resurrección.  Cristo se hizo humano para hacernos humanos a nosotros.  Como hemos visto, el Cristo resucitado era impresionantemente humano en su presencia entre los discípulos.  Aun ahora, a la diestra del padre, el sigue siendo el Mediador, “Jesucristo hombre” (1 Tm 2:5).  También el evangelio debe hacernos más humanos a nosotros.

Nuestra evangelización no siempre ha tenido esta característica.  A veces una “conversión” puede convertir una persona en un fanático religioso, menos humano de lo que era antes.  Especialmente preocupante es el nivel de prejuicio e intolerancia en algunos círculos cristianos, especialmente fundamentalistas.  Eso, en nombre del evangelio, puede deshumanizarnos más bien.  Si el evangelio nos hace menos humanos, ¿qué evangelio va a ser?.

Don Kenneth Strachan, en su brillante libro El llamado ineludible, sugiere que el fundamental punto de partida para toda evangelización es algo que compartimos con todos los demás: nuestra común humanidad.  Cuánto más rica y profunda sea nuestra humanidad en Cristo, más auténtica será nuestra evangelización.

5) La resurrección nos convoca a una evangelización en pro de la vida.  La resurrección es una afirmación de la vida humana y del cuerpo.  Por eso la evangelización debe promover la salud integral de la persona, pues la resurrección nos librará al fin de toda dolencia.  Esa salud perfecta escatológica se prefiguraba ya en los milagros de sanidad de Jesús, que anticipaban la resurrección del cuerpo.14  Cada sanación que Jesús hacía era ya un signo de la resurrección del cuerpo, libre para siempre de  enfermedad y muerte.  Y la iglesia debe ser un instrumento de sanidad, un vehículo de salud y de Shalom.  Si Dios sana por su palabra poderosa en nombre de Cristo, a su nombre gloria.  Si Dios sana por una clínica que levanta una iglesia, a su nombre gloria.  Un médico dijo: “Dios es quien sana y nosotros solo cobramos”.  Dios cura por la medicina o por su palabra sanadora, a como sea su voluntad.

Pero hay también iglesias malsanas, que enferman a la gente, y la iglesia no está para eso. Una vez la esposa de un profesor universitario me preguntó:  “Hermano Juan, ¿qué hago?  Metí a mi hija en un colegio evangélico y le han atemorizado con eso de la gran tribulación y con el infierno.  La pobre grita en la noche y no puede dormir, porque le han inculcado un mensaje patológico”.  Una evangelización desde la resurrección es una evangelización por la vida.

En Centroamérica estamos en una lucha entre vida y muerte.  Jesucristo es vida y verdad, el diablo es muerte y mentira (Jn 8:44).  Dice Julia Esquivel: “Vivo cada día para matar la muerte”.  Cristo es “muerte de nuestra muerte y vida de nuestra vida”.  Nosotros debemos vivir para darle muerte a la muerte, y vida abundante a todos los que nos rodean:

Vivo cada día para matar la muerte,

muero cada día para parir la vida;

y en esta muerte de la muerte muero mil veces

y resucito otras tantas

desde el amor que alimenta de mi pueblo la esperanza.

6) Como mensaje de la resurrección, nuestra misión es misión esperanzadora.  Los que creemos en la resurrección debemos ser contagiosos de esperanza.  La resurrección nos muestra que la escatología cristiana, lejos de ser primordialmente un mensaje de amenaza o terror, es un mensaje profundo de esperanza. La gente que se han encontrado con nosotros no pueden no esperar; el esperar nace naturalmente de la resurrección.  La fe en la resurrección será un contagio evangelizador.

Hay un himno del himnólogo argentino Federico Pagura, que remacha todos los temas que hemos visto en este capítulo:

Porque El entró en el mundo y en la historia,

porque quebró el silencio y la agonía,

porque llenó la tierra con su gloria

porque fue luz en nuestra noche fría,

Porque El nació en un pesebre oscuro

porque vivió sembrando amor y vida,

porque  partió los corazones duros

y levantó las almas abatidas,

Porque atacó ambiciosos mercaderes

y denunció maldad e hipocresía,.

Porque exaltó los niños y mujeres,

rechazó a los que de orgullo ardían,

porque El cargó la cruz de nuestras penas

y saboreó la hiel de nuestros males

porque aceptó sufrir nuestra condena

y así morir por todos los mortales.

Por eso es que hoy tenemos esperanza,

Por eso es que hoy luchamos con porfía,

por eso es que hoy miramos con confianza,

el porvenir en esta tierra mía y nuestra.

¡Que Dios nos de fe y alegría en la resurrección de nuestro Señor, y mucha esperanza!

Bibliografía

Lutero aplicó esta fórmula a la justificación por la fe pero se aplica aun más a la resurrección de Cristo.

Cf . las palabras de Karl Barth: “Si Cristo no resucitó – corporalmente, visiblemente, audiblemente, perceptiblemente, en el mismo sentido concreto en que murió, como dicen los textos – si no ha resucitado, entonces nuestra predicación y nuestra fe son vanas e inútiles; estamos todavía en nuestros pecados” (Church Dogmatics IV/1 pp. 351s).

Ver la obra clásica de Oscar Cullmann, “¿Inmortalidad del alma o resurrección de los muertos?” en Cullmann, del evangelio a la formación de la teología cristiana (Salamanca: Sígueme 1972) pp. 233-268.

Es significativo que los dos discípulos reconocieron a Jesús “estando ellos en la mesa, cuando partió el pan” (24:30).  En parte, parece sugerir que ellos ya conocían la manera típica de Jesús de compartir la comunión de mesa con los suyos.  Jesús sabía “comer o beber, o hacer cualquier otra cosa, para la gloria de Dios” (1Co 10:31).

Joseph Fitzmyer (Gospel according to Luke, Doubleday 1985, Vol. II pp. 1538, 1574) sugiere que las apariciones de Jesús resucitado eran siempre “desde la gloria” (24:26).

El adjetivo “celestial” en 1 Co 15:46-49 no describe directamente al cuerpo resucitado sino a Cristo como segundo Adán, por quien y en quien resucitarán también nuestros cuerpos.  La resurrección no tiene origen terrenal sino celetial.

Ver más al respecto en el último capítulo de este libro, sobre el fin del mundo.

Sacramentum Mundi 4:818.

Theological Wordbook p.60.

10 Ver Gustaf Aulen, Christus Victor (1931).

11 Es notable que éste es el único pasaje del Ap donde la gente responde positivamente.  En los demás pasajes el resultado es que “sin embargo no se arrepintieron” (9:21; 16:21)

12 Ver nuestro artículo, “La misión en el Apocalipsis” en Bases bíblicas de la misión, René Padilla ed. (Grand Rapids: Nueva Creación 1998), pp. 368-372.

13 Cf W. Dayton Roberts,  “Encarnación” en Diccionario Ilustrado de la Biblia, Wilton M. Nelson ed (Miami: Caribe 1974), p.197.

14 Cf Oscar Cullmann, “El rescate anticipado del cuerpo human según el N.T.” en del evangelio a la formación de la teología cristiana (Salamanca: Sígueme 1972), pp. 135-150.