Justificación y Justicia: hacia el equilibrio pendiente en un continente de desequilibrios permanentes

por Harold Segura

Admitámoslo: para las iglesias evangélicas de América Latina y El Caribe, la justicia no ha sido tema de su especialización. Es común que, al abordar el tema, algunos demostremos poca experiencia o lo hagamos a manera de una exposición del ABC sobre la justicia y sobre sus implicaciones para la vida y misión de la Iglesia.  En cuanto a la producción bibliográfica sobre la justicia, tampoco tenemos, para vergüenza nuestra, mucho qué mostrar. Todo se reduce a pocos títulos, casi siempre con un tratamiento panorámico y preliminar sobre el asunto.  Lo que sí ha sido un tema prioritario y destacado, desde los púlpitos de las iglesias locales hasta en los grandes encuentros internacionales, desde el más sencillo líder hasta el más reconocido predicador internacional, ha sido el tema de la justificación.  Al hablar de la justicia lo hacemos, casi siempre, en el marco de las acciones de Dios dirigidas hacia los seres humanos pecadores y de la redención obrada por Cristo a favor nuestro.  En otras palabras, el Dios justo que no tolera nuestros pecados, ha venido para cancelar nuestras culpas y nos ha declarado justos por la gracia de su redención.  En este esquema evangélico de la salvación, la justicia es concebida, más como un atributo de Dios que como una exigencia suya; tiene que ver más con las condiciones espirituales que con las relaciones sociales; en fin, pertenece más a la soteriología que a la sociología.

Esta relevancia de la justificación sobre la justicia no es, ni gratuita, ni mucho menos inofensiva.  Sobre todo, cobra sus efectos sociales cuando esa justificación da la apariencia de convertirse en un “perdón barato” para los injustos y en una reconciliación superflua para los culpables, o cuando nos lleva a pensar que así como nada podemos hacer para justificarnos delante de Dios, tampoco nada podemos, ni demos hacer, para transformar nuestras complejas realidades históricas.

Ya desde hace varios años atrás, algunos de nuestros más elocuentes teólogos y lúcidas teólogas latinoamericanas, se han preguntado por los efectos de esa soteriología que nos despoja de nuestras responsabilidades frente a la construcción de una sociedad más justa y equitativa. José Míguez Bonino, por ejemplo, ha reflexionado sobre el efecto paralizante que puede tener la doctrina de la justificación sin obras desligada de las obras de justicia social y ha dicho que esa teología “… ha impedido dar a la acción humana un lugar intrínseco en la obra de hacer presente el Reino…”,  y agrega que ese “… monarquismo a ultranza no sólo relativiza, sino que trivializa la acción histórica por la justicia y la paz, transformándola en un ejercicio de valor derivativo, transitorio, intrascendente…”[1].

Nuestra doctrina de la justificación requiere, entonces, una nueva mirada.  Dios nos ha declarado justos por la gracia de Cristo, nos ha declarado libres de culpa y de pecado y nos ha encargado el ministerio de la reconciliación.  Y esa justificación, a la luz de la enseñanza neotestamentaria, debe conducirnos a la práctica de la justicia en el mundo y al compromiso con la Historia.  Se trata, como lo ha dicho Elsa Tamez, “… de enfatizar la gracia que dignifica y humaniza el rostro desfigurado de los oprimidos, y de percibir el don de la vocación de ser sujetos libres de la historia; todo ello en el acto de la justificación”[2].

A la dimensión vertical de la justificación de los seres humanos ante Dios, le complementa la dimensión horizontal de la justicia entre los seres humanos que viven relaciones sociales concretas. La nuestra no es una salvación a-histórica, desconectada del mundo y distanciada del acontecer humano. Es, por el contrario, una redención total, que afecta al ser humano completo y que se orienta a la afirmación de la vida real de todas las personas. En mi opinión, esta conexión entre justificación y justicia es uno de los grandes retos que tiene nuestra teología y nuestra pastoral evangélica en el inicio de este nuevo siglo.  El reto de lograr conectar las promesas de justicia imputada con las demandas de justicia practicada.

Este reto es un asunto de fidelidad a Dios, de lealtad al Evangelio, pero igualmente de responsabilidad histórica.  ¿Cómo pasar por alto el compromiso con la justicia en un Continente marcado por la injusticia y la desigualdad?  Martín Lutero, valiente defensor de la justificación por la sola gracia también enseñaba que si predicamos “el evangelio en todos los aspectos con la excepción de los asuntos que tienen que ver específicamente con los desafíos de su propio tiempo, sencillamente no estamos predicando el evangelio”.[3]

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[1] MÍGUEZ BONINO, José.  Justificación, santificación y plenitudEn: La tradición protestante en la teología latinoamericana.  José Duque (editor).  San José: DEI, 1983. p. 251.

[2] TAMEZ, Elsa.  Justicia de Dios: vida para todos.  San José: SEBILA, 1991. p. 11.

[3] Citado por BRENEMAN, Mervin  En: Latinoamérica y ética social evangélica al inicio del siglo XXI.  San José: UNELA, p. 9.

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