Homenaje al Dr. Emilio Antonio Núñez Castañeda. Una reseña de su quehacer teológico

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El pasado miércoles 14 de enero de 2015 partió con el Señor nuestro querido hermano Dr. Emilio Antonio Núñez. En vida fue fundador del Seminario Teológico Centroamericano, maestro de distintas generaciones y su primer rector magnífico. Fue una noticia triste y dolorosa para todos aquellos que lo conocimos y amamos. Es una pérdida sensible para el pueblo de Dios en América Latina de quien supo ganarse su respeto, su reconocimiento y admiración por la calidad de su persona como fiel discípulo de Jesucristo, por su compromiso con la palabra, el quehacer teológico, pastoral, misiológico, y por su amistad en el caminar de la vida y el ministerio. Agradezco a nuestro amigo y colega Marcelo Vargas Secretario General de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL), por darme el privilegio de escribir este testimonio homenaje para honrar al Dr. Núñez quien fue uno de sus fundadores y miembro del Comité Ejecutivo. Escribo estas líneas como uno entre muchos de sus discípulos quienes fuimos formados en distintas etapas de la vida. Conocí al Dr. Núñez en 1974 en el Seminario Teológico Centroamericano. En esa ocasión tuve una conversación con él que fue clave para confirmar el llamado para estudiar teología. A partir de esa ocasión comenzó una relación fraternal maestro-alumno que luego se tornó en una relación de maestro-discípulo. El siguiente artículo subraya especialmente su persona como maestro, teólogo, misionólogo y el amigo pastor. Otros colegas han escrito trabajos que profundizan el aporte teológico desde distintos enfoques. Su ejemplo y legado serán de inspiración para las generaciones presentes y futuras de América Latina. No dudamos que habría mucho que escribir sobre su rol de esposo fiel, padre amoroso y excepcional abuelo, pero serán otros que tendrán mucho que compartir al respecto.

El maestro: Algo que caracterizó su perfil de maestro fue su compañerismo abierto hacia los estudiantes. Fuimos sujetos no objetos de su quehacer pedagógico. La clase fue un espacio no sólo para aprender, sino para entablar diálogos abiertos sobre las materias compartidas. Su seria formación académica no fue una barrera para conversar con los novicios de la clase que apenas balbuceaban los temas teológicos del momento. Por otro lado, fuimos sorprendidos al notar que su compromiso con las raíces teológicas de su denominación no lo ataron para no abrir su mente para escuchar a otros teólogos o corrientes teológicas. Más bien, se mantuvo dispuesto para aprender nuevos enfoques que enriquecieron su visión de la misión y su acervo teológico. Su apertura al mundo evangélico y otras corrientes de pensamiento teológico, fueron una ventana que nos ayudó a pensar más allá de las paredes denominacionales. De igual modo, como maestro nos mostró e inculcó un profundo respeto por la autoridad de las Escrituras, y nos motivó a estudiarla con respeto y seriedad. En ese caminar como un maestro proactivo nos ayudó a generar un pensamiento teológico propio sustentado en las Escrituras para responder a los desafíos de la misión. De esa manera algunos comenzamos a conectar la palabra con los problemas de la realidad latinoamericana. Del intercambio teológico en sus clases surgió la idea de impulsar la reflexión teológica entre los mismos estudiantes a través de la directiva estudiantil. Temas como la justicia, la pobreza o la reconciliación fueron un desafío para la formación de esa generación de seminaristas. De las reflexiones de las clases y del compartir personal con el Dr. Núñez surgió el título de mi tesis sobre “La responsabilidad social de la iglesia en el Nuevo Testamento”. Luego vendría una serie de trabajos y estudios teológicos que asumí en épocas distintas como resultado del estímulo que recibí de su persona. Como todo buen maestro siempre creyó en sus alumnos, y los animó a pensar de manera crítica su fe y de manera propositiva la misión de la iglesia.

Por otro lado, el rigor académico del Dr. Núñez en la enseñanza de la palabra de Dios y el quehacer teológico, le valió para ser invitado para impartir clases y conferencias como profesor visitante en seminarios, congresos y entidades cristianas dentro y fuera de América Latina. Su celo por el estudio serio de la palabra y difusión del evangelio fueron más allá de las aulas del seminario. Su interés por la difusión y comprensión de las Escrituras fue razón fundamental para contribuir con el Comité de Traducción Bíblica que produjo la Nueva Versión Internacional de la Biblia. En su caminar de la docencia y la investigación teológica, dictó distintas ponencias que luego se tradujeron en libros sobre temas de suma importancia para la comprensión del cristianismo, la iglesia y la misión desde América Latina. Escribió una serie de ponencias en revistas teológicas como El Boletín Teológico de la Fraternidad teológica, la Revista Misión, la revista Kairos del SETECA, la serie Reflexiones de la Facultad de Teología de la Universidad Mariano Gálvez. Sus ideales, esperanzas y desesperanzas fueron plasmadas en libros como Crisis and Hope in Latin America (Crisis y esperanza en América Latina) que escribió junto con William Taylor profesor colega del Seminario Teológico Centroamericano.

El teólogo: Su interés por el quehacer teológico fue una pasión y constante en su vida. Siempre estaba a la expectativa de la realidad para responder a los desafíos de la misión. Su trabajo de reflexión teológica lo hizo desde el texto bíblico. Su respeto y sometimiento a las Escrituras fueron una demanda irrenunciable para él como para sus estudiantes y colegas. Por supuesto, no fue una lectura ni literal ni acomodada a los lentes de su denominación sin dejar de ser fiel a sus principios doctrinarios. De hecho, para algunos colegas de su Misión su discurso teológico sonaba liberal y en contextos liberales sonaba conservador. No fue una neutralidad axiológica, sino un compromiso definido con la vida y ética del Reino de Dios. Por otro lado, hizo su quehacer teológico en diálogo con el contexto latinoamericano. Fue diligente para hacer que la Biblia respondiera a la realidad sin comprometerla. En ese caminar teológico se atrevió a pensar fuera de los esquemas teológicos establecidos en el mundo evangélico conservador. Sus artículos “El Cristo de Hispanoamérica”, “El reino de Dios y América Latina”, “La herencia protestante”, “Conciencia e identidad evangélica y la renovación católica”, muestran desde muy temprano sus virtudes de teólogo. Luego de sus estudios de posgrado en España escribió los libros Caminos de Renovación (1975) y Constantes en la Esperanza (1976).

Su apertura al mundo evangélico le abrió puertas para conocer a teólogos como René Padilla, Samuel Escobar, Ismael Amaya, Orlando Costas, Pedro Arana y otros más. Junto a estos estimados colegas fundó la Fraternidad Teológica Latinoamericana en 1970. Su presencia y trabajos en el surgimiento y desarrollo de la Fraternidad fueron un aporte importante en el despertar de una teología integral que respondió de manera fiel a las Escrituras y al contexto de América Latina. A la vez que aportó a favor de su causa, reconoció la influencia y aporte que recibió de sus colegas de la FTL. Amplió su visión de la iglesia evangélica, la realidad del continente y le abrió nuevos horizontes teológicos. Hizo suyos la misión y objetivos de la FTL, participando en distintos encuentros y foros organizados por la Fraternidad, escribiendo y motivando a otros a reflexionar con seriedad y pertinencia acerca de la iglesia y su misión desde América Latina. En los 80 junto con mis colegas David Suazo y Guillermo Méndez estimulados por el Dr. Núñez fundamos el núcleo local de la FTL en Guatemala el cual coordiné por varios años. Un detalle muy especial para mí fue el haberme motivado a participar del Encuentro de teólogos del tercer mundo en México a finales de los 80. Sobre todo, porque era un total amanuense respecto al quehacer teológico. Su contagio por la teología nos motivó a muchos a involucrarnos en el quehacer teológico a pesar de nuestras carencias. Años después tuve el privilegio de servir como secretario regional de la FTL en Centroamérica y luego como presidente de la Directiva Continental la cual tuvo el privilegio de organizar el IV Congreso de Evangelización en Quito Ecuador en el 2000.

Entre la tarea docente, pastoral y teológica, ocupó la rectoría del Seminario Teológico Centroamericano. Su presencia y labor docente estimuló una educación teológica que estuviese abierta a las nuevas ideas a fin de hacer relevante el quehacer teológico. Fue una ardua y loable tarea porque tuvo que hacer teología dentro del contexto de la guerra fría la cual llevó a muchos cristianos a polarizaciones ideológicas. Desarrolló en este contexto una teología a partir de la realidad sin comprometer la palabra con ningún sistema ideológico político. Fue fiel a la autoridad y normatividad de las Escrituras, y su reflexión teológica y análisis de la pobreza surgió del contexto de su trasfondo familiar. No partió sólo de la cátedra, sino de la vivencia de esa realidad. Parafraseando a Mackay podemos afirmar que su quehacer teológico fue gestado en el camino. Su pensamiento y teología surgieron a partir de la comunidad eclesial, del diálogo con la realidad histórica y de su compromiso con la misión de la iglesia. Nació de una reflexión seria y crítica de las Escrituras y de su fe, de las necesidades del pueblo de Dios y de los desafíos de la época. Núñez hizo y forjó su reflexión teológica desde el camino. No fue producto de la erudición libresca del teólogo de balcón. De ahí que subrayó que “la educación teológica no es simplemente un ejercicio académico para acrecentar el caudal de conocimientos y producir una teología abstracta, desligada del quehacer misionero de la iglesia». Para Núñez esa educación tenía que responder a la realidad. Su libro Teología de la liberación (1986) es un claro ejemplo de este esfuerzo. Analizó e interpretó esta corriente teológica y sus desafíos, y, a la vez, reconoció los aportes de este esfuerzo teológico, trazó pautas para desarrollar una teología autóctona, y motivó a muchos a plantear una teología evangélica a partir de las Escrituras y del contexto, a fin de enfrentar los retos de la misión de la iglesia en la convulsionada América Latina de ese entonces. De igual modo, enfrentó desafíos que afectaban el interior del mundo evangélico. En el contexto del surgimiento de nuevas corrientes teológicas dentro del círculo neopentecostal, escribió el libro El movimiento apostólico contemporáneo (2004). En este libro aborda desde una perspectiva histórica y bíblica su significado y las implicaciones que se desprenden de este fenómeno religioso.

El misionólogo. Su quehacer teológico no se quedó atrapado en la teología sistemática o en la reflexión teológica de la cátedra. Más bien su conocimiento de Dios y sus planes de redención, apasionaron su vida para pensar en el ser y quehacer de la iglesia y su misión en el mundo. Su anhelo por integrar la teología con la vida le llevó a plantear distintos acercamientos que confluyeron en una perspectiva integral de la misión de la iglesia. De esa manera expuso sus ideas en foros de carácter nacional e internacional. Por ejemplo, sus conferencias “Hacia una teología Evangélica” (Encuentro de Teólogos del Tercer Mundo, Seul Corea, 1982), o “Bases bíblicas y teológicas de la misión”. (2ª Conferencia Misionera Seminario Teológico Centroamericano, Guatemala), dejan ver su interés por una teología en consonancia con los desafíos de la misión. Sobre todo, esa reflexión misionológica abrió brecha en un contexto evangélico cuyo enfoque era esencialmente el “salvar almas” o el subrayar la “dimensión espiritual del evangelio”. Esa dicotomía dualista del evangelio o la persona humana de las iglesias de la época, no fueron impedimento para pensar en la integralidad de la persona y la misión de la iglesia. En ese devenir no sólo planteó la necesidad de impulsar la misión integral de la iglesia, sino replantear lo que significaba ser iglesia. Sobre todo ante un sobre énfasis en el crecimiento numérico que descuidó la naturaleza del ser iglesia. Es una situación con la cual seguimos luchando en la actualidad. Especialmente ante aquellos líderes que ven a la iglesia desde un enfoque empresarial. Núñez en su trabajo “Qué iglesia queremos que crezca” planteó la necesidad de promover el crecimiento integral de una iglesia saludable y en misión: una eclesiología que responde a la naturaleza de ser iglesia como comunidad del reino según el Nuevo Testamento. Desarrolló una eclesiología que no la dejó atrapada en las cuatro paredes del templo, sino la sacó para hacer misión en el mundo. Su pasión por la proclamación del evangelio lo llevó también a reflexionar sobre el desafío misionero transcultural de la iglesia. En sus distintas reflexiones sobre la misión mundial afirmó la necesidad de llevar el evangelio a otros contextos, y subrayó que esa misionología debería ir más allá de los modelos tradicionales de hacer misión desde el norte. Aportó estas ideas en foros como la Alianza Evangélica Mundial (WEF), La Cooperación Misionera Iberoamericana (COMIBAM), el Movimiento de Lausana, la Confraternidad Evangélica Latinoamericana (CONELA) y otros más.

Por otro lado, su conciencia y compromiso misionológico integral le llevó a cooperar con varias entidades cristianas de desarrollo dentro y fuera de Guatemala. Entre estas entidades estaba Visión Mundial de Guatemala de la cual fue miembro del Consejo Consultivo y Asamblea General. A partir de 1985 tuve el privilegio de ser invitado a formar parte de ese consejo, y de cooperar junto a Núñez a favor de la niñez por varios años. En ese interactuar con miembros del Consejo conocí al Dr. Mamfred Grellert quien era el vicepresidente de Visión Mundial Internacional para América Latina y el Caribe. Conociendo del trabajo teológico del Dr. Núñez y de mi cercanía a su persona, me animó a rastrear sus manuscritos relacionados con la teología y el contexto latinoamericano, a fin de editarlos en un libro con el apoyo de Visión Mundial. Así que luego conversar con el Dr. Núñez, con la amabilidad del caso autorizó hurgar entre sus archivos trabajos no editados y otros más para publicarnos de nuevo. De esta iniciativa surgió el libro Teología y Misión: Perspectiva desde América Latina (1996), el cual tuve el privilegio de ser el editor. En su caminar de la misión y la teología, Núñez procuró desarrollar una educación y teología bíblica, práctica, comunitaria, misionera y contextual. En este libro registra algunos lineamientos para impulsar un quehacer teológico bíblico, integral y contextual: 1) Toda teología debe sustentarse en las Escrituras y someterse a su juicio final. 2) La educación y la teología deben ejercitarse en la faena diaria de la vida y producir vida. El ser y quehacer teológico no deben quedarse en elucubraciones y verdades abstractas, ajenos a la realidad. 3) No debe existir un divorcio entre la teología y la acción pastoral, entre la reflexión y la acción. 4) La teología bíblica tiene que ser misionera. Toda reflexión sobre el evangelio debe ser acompañada de un impulso misionero. 5) Ninguna teología se hace ni se comunica en un vacío cultural y social. Texto y contexto cultural deben ir juntos para entender y aplicar la Palabra. Con estas premisas escribió temas relacionados con la educación teológica, y animó a los estudiantes y colegas a pensar en una teología a partir de la realidad en América Latina.

El amigo y pastor. El Dr. Núñez no sólo reflexionó sobre la iglesia sino encarnó la vida de la iglesia asumiendo distintos ministerios para servirla. Vivió la experiencia de fundar varias entidades cristianas como el Colegio Francisco G. Penzotti. De igual modo, se atrevió a fundar una iglesia local, caminar a la par del liderazgo y aprender de ellos. Junto a otros colegas y nuestras esposas fuimos cofundadores con Núñez de una iglesia local en la ciudad de Guatemala en 1986. Para Núñez no era posible hablar de la iglesia a menos que se esté inmerso en ella y se luche a brazo partido con el pueblo de Dios. Se hace teología de la iglesia desde adentro. El teólogo fue también un amigo y hermano apreciado por muchos. Brindó con humildad su amistad a sus estudiantes, colegas pastores, líderes denominaciones y colegas de la misión. Sus títulos y triunfos alcanzados no fueron una excusa para mirar al hermano por debajo del hombro. Esa actitud fue parte fundamental en su vida en la cual no ocultó sus carencias, sus limitaciones pastorales o sus decepciones ante situaciones que afectaban la vida de la iglesia. Su vida de sencillez y su amistad nos contagió y bendijo a muchos. Como lo hizo con tantos estudiantes, nos brindó a mi esposa Lily y a nuestros hijos su amistad, apoyo y mentoría. Predicó en nuestra boda, dedicó al Señor a nuestros hijos Emily, Israel Jr. y Alex, nos abrió su casa y su biblioteca, nos compartió sus conocimientos y nos acompañó en decisiones claves del ministerio. En el 2009 tuvimos el privilegio de escuchar de sus labios la conferencia inaugural “Bases bíblicas de la misión integral” en la 1ª Consulta que el Señor nos permitió realizar con la Fundación Centro Esdras la cual fundamos junto a mi esposa Lily Escobar y otros estimados colegas en la ciudad de Guatemala. Su vida fue una vida productiva para el Reino de Dios hasta el final de sus días. En el servicio de celebración por sus 90 años de vida en el Seminario Teológico Centroamericano se presentó su último libro, Vida y obra de Emilio Antonio Núñez (2013). Así que al celebrar la vida y recordar sus buenas obras, exaltamos y bendecimos al Señor Jesucristo por habernos regalado en el Dr. Núñez un querido amigo, un hermano, un maestro, un teólogo, un misionólogo y un pastor de corazón. Como acostumbraba hacer, rendimos la gloria y la honra al Señor por su vida y ministerio. Con el apóstol Pablo afirmamos: “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Ro.11:36).

Guatemala enero 21 del 2015

Dr. Israel Ortiz

Director y fundador

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