Herederos de la Reforma*

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*Ejercicio lírico escrito por Emilio Antonio Núñez para la apertura del CLADE II, llevado a cabo en Lima.

 

Pero ¿cuál Cristo? Definitivamente no se trata aquí del Cristo de los dogmas, de hechura puramente humana, ni del Cristo de la imaginería antigua y moderna, ni del Cristo del folklore latinoamericano, ni del Cristo superstar de las sociedades opulentas del noratlántico, ni del Cristo de los poderosos económico-sociales en nuestro continente, ni del Cristo de los ideólogos de última hora; sino de aquél que es revelado en las Escrituras; el Cristo redescubierto por muchas almas piadosas en los días más oscuros del Medioevo y en los mejores tiempos de la reforma protestante; el Cristo que nos ha encontrado y hemos encontrado por la gracia de Dios miles y millones de latinoamericanos.

¡Cristo Dios! Él es el logos eterno, miembro del concilio trinitario, asociado eternamente con el Padre y con el Espíritu; creador y sustentador de los cielos y la tierra; Señor de la vida y de la historia; Rey, ahora y siempre; Admirable Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz, cuyas salidas son desde los días de la eternidad; Alfa y Omega, principio y fin, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso Señor.

¡Cristo histórico! ¡Manifestado en el tiempo y en el espacio, en la fecha precisa del calendario de Dios, en el devenir de la historia humana, en el contexto de una geografía, de un pueblo, de una cultura, de una sociedad!

¡Cristo humano! Engendrado por el Espíritu, concebido por la virgen María, participante de carne y sangre, «hecho carne», identificado plenamente con la humanidad. Cristo hombre total y hombre para todos los demás, que vive entre los hombres «lleno de gracia y verdad» (Jn. 1.14).

!Cristo pobre! Nacido en un establo, avecindado en una aldea, conocido como «el carpintero», hijo de un carpintero. ¡Cristo proletario, el de las manos encallecidas en el rudo trabajo, el de la frente sudorosa en la diaria labor! Nació, vivió y murió en profunda pobreza, como los pobres de su pueblo. Sin embargo no utilizó el resentimiento social de sus contemporáneos para ahondar el abismo entre hombre y hombre, entre clase y clase o entre pueblo y pueblo. No pidió a los suyos que levantasen la bandera del odio y la venganza. Antes bien, habló del perdón y la fraternidad. Pero se entregó a sí mismo en sacrificio cruento para deshacer en su cruz las enemistades y derribar el muro que separaba a un ser humano de otro ser humano. Además, su presencia es inevitablemente un signo de contradicción para los que oprimen al pueblo y viven de espaldas a la miseria humana.

¡Cristo profeta! Heraldo de Dios el Padre, intérprete de la Deidad, revelador de la voluntad divina para su pueblo y para toda la humanidad. Su verbo encendido en fuego del cielo es consolación y esperanza para los de corazón humilde, y advertencia de juicio ineludible para los hacedores de iniquidad.

¡Cristo Cordero de Dios! El que quita el pecado del mundo; el de la entrega total en el Calvario para nuestra redención; el de la sangre preciosa que nos limpia de toda maldad.

¡Cristo viviente! Destruye por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte y triunfa sobre el sepulcro en el día glorioso de su resurrección.

¡Cristo sacerdote! El que está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas y «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (He 7.25)

¡Cristo Rey venidero! Glorificador de su Iglesia, Juez de vivos y muertos
«en su manifestación y en su reino» (2 Tim 4.1). Mesías anhelado para bendición de todos los pueblos, Rey de reyes y Señor de señores. Cristo el de la renovación total. 1

 

 

Emilio A. Nuñez

 

 

1 El Compendio del Congreso está en CLADE II, América Latina y la evangelización en los años 80, FTL, México, 1979.