En torno al pensamiento de C. René Padilla. Análisis e intercambios sobre epistemología, teología y política

por Nancy Bedford

27 de mayo de 2021 – Fraternidad Teológica Latinoamericana. Presentación en el Conversatorio «En torno al pensamiento de C. René Padilla: Análisis e intercambios sobre epistemología, teología y política»

Muchas gracias por esta invitación y por la posibilidad de charlar y pensar juntos acerca del legado intelectual de René. Me imagino que muchos y muchas tenemos diversos recuerdos y anécdotas acerca de él. Era una persona muy especial, muy carismática, con mucha autoridad innata. Recuerdo que a mí me invitó a participar en un libro apenas regresada a la Argentina después de hacer mi doctorado en Alemania, cuando no me conocía casi nadie. Apostaba a la gente joven (¡en esa época yo era joven!). Y era una persona creativa, que se imaginaba posibilidades y las sabía concretar. Se le cerraron muchas puertas en el mundo evangélico porque muchos lo veían como demasiado radical en su momento, demasiado parecido a la teología de la liberación (que para mí sería un elogio, pero en ese momento eso se consideraba una barrera para participar de ciertos ámbitos educativos evangélicos). Nunca lo vi amargado por eso. Mi impresión es que decía: Muy bien, entonces hago otra cosa, agarro por otro lado, veo qué construyo. Me sacudo las sandalias y sigo por el camino.

Como me toca hablar sobre la teología de René, lo primero que pensé fue justamente en esta resiliencia que tenía, en su tenacidad sin amargura, y en cuáles serían los fundamentos teológicos de esas cualidades. Por supuesto que tenían que ver con su capacidad de gestión, su carácter, su don de gente, pero más allá de todo eso, ¿Qué elementos teológicos le permitieron volar alto, imaginar nuevas posibilidades e inspirar a los demás cuando los horizontes parecían cerrados?  En general, lo primero que se nos cruza cuando pensamos en su teología es el tema de la misión integral, de la hermenéutica, del papel de la iglesia, y la figura de Jesús. De hecho, a propósito de este panel estuve revisando los títulos de algunas tesis doctorales que se centran en el pensamiento de René o que lo toman muy en cuenta para armar su marco teórico. La mayoría subraya el concepto y la práctica de la misión integral, la temática del reino de Dios, la importancia de una cristología encarnada o bien la dimensión educativa o pedagógica vinculada a su pensamiento (también hay tesis que investigan la historia de la teología protestante en AL e indagan sobre el protagonismo de René y de la FTL). Por cierto, todas éstas son dimensiones muy centrales y valiosas.

Sin embargo, hoy en estos pocos minutos quiero remarcar un eje transversal fundamental que veo en su pensamiento, que sospecho que además fue fortaleciéndose a través de los años, que es el eje de la pneumatología, del Espíritu Santo. Sin duda, este eje pneumatológico tiene implicancias tanto a nivel epistemológico como político, y eso lo podemos desarrollar un poco más en el momento de diálogo y retroalimentación.

Lo que quiero en esta primera instancia es hacer referencia en este sentido a dos textos que me parecen dignos de atención desde la óptica pneumatológica. El primero es un el informe que René escribió a raíz de la asamblea del CMI en Canberra en 1991, donde el lema fue “Ven, Espíritu Santo – Renueva toda la Creación.”[1] Primero pasa revista a los principales eventos de esa asamblea, que de hecho fue bastante movidita. Uno de los hechos más recordados fue cuando una teóloga feminista coreana, Chung Hyun-Kyung, incorporó abiertamente elementos de espiritualidad aborigen australiana y coreana a su presentación sobre el Espíritu Santo, de un modo que algunos –tal vez sin darse cuenta de los propios sincretismos teológicos– tildaron de “sincrético”. René no ofrece una opinión propia sobre el tema en el escrito, ya que era un informe de los hechos, no una evaluación teológica. Pero se pueden dilucidar igualmente dos puntos importantes en su conclusión: primero, si nos confesamos cristianos y cristianas, en toda circunstancia es fundamental poder discernir los espíritus y descubrir qué proviene realmente del Espíritu Santo. Para ello es necesario prestar atención a criterios derivados directamente del mensaje y de la vida de Jesucristo (lo que siempre tendrá que ver con la justicia, con la paz y con la integridad de la creación). Segundo (y con esto cierra el artículo), la tarea teológica –que define de modo tajante como “vincular la fe con la vida”– es ineludible.

El segundo texto que quiero mencionar es un artículo que René sacó en un libro publicado en inglés hace relativamente poco, en el 2016, bajo el título “El Espíritu Santo: Poder para la Vida y la Esperanza.” [2] En el artículo integra los aportes de teólogos clásicos de la FTL como Orlando Costas, teólogos de la liberación como Gustavo Gutiérrez y José Míguez-Bonino, la encíclica Laudato Sí del Papa Francisco y una declaración de misionólogos evangélicos del grupo INFEMIT reunidos en Tlayacapan, México. Es decir que realiza un trabajo de integración bastante ecuménico. Sin embargo, no integra aquellas perspectivas indígenas, feministas ni mucho menos queer, que en realidad podrían haber fortalecido su argumentación. Debo decir que René a mí en lo personal como teóloga feminista me abrió caminos y espacios para publicar, presentar y desarrollar mis ideas. No obstante, no sentí nunca que le interesara demasiado integrar a su trabajo los análisis y las perspectivas de las mujeres teólogas feministas que íbamos abriendo camino en América Latina y el Caribe (por ejemplo, en el colectivo ecuménico Teologanda). Ojo, en ese sentido no difiere mucho de la mayoría de los teólogos de su generación o inclusive de teólogos más jóvenes que él. Pero justamente por eso creo que puede servirnos desde lo teológico seguir indagando en las implicancias de algunos de sus escritos (como aquí la pneumatología) más que persistir en la mera reproducción de sus conclusiones. Eso es lo que he intentado en esta noche: no quedarme clavada en los lugares teológicos archiconocidos de la FTL originaria o de René, sino mostrar que los escritos de René pueden ser como una linterna que ilumina el comienzo de un camino que él mismo no terminó de investigar, pero que nos invita a seguir caminando y descubriendo por cuenta propia desde los desafíos actuales.

Volviendo entonces a su ensayo sobre el Espíritu Santo publicado en el 2016, en ese artículo muestra cómo él quiere hacer teología en general (y de hecho, pneumatología en particular) desde la realidad latinoamericana y caribeña. Es como si aquí respondiera al desafío que él mismo había planteado en 1991 en el artículo sobre Canberra. Escribe que:

El enfoque básico de la pneumatología latinoamericana es sobre el Espíritu Santo como fuente de poder para la vida práctica (incluyendo la misión de la iglesia) y [fuente de] esperanza, especialmente en el contexto de la pobreza y de la opresión. [3]

Aclara que no es que le parezca poco importante la obra del Espíritu en la nueva vida de quienes siguen a Jesús (más allá de su situación socioeconómica), ni la labor del Espíritu impartiendo dones y realizando la santificación. Pero le parece que estos elementos de la pneumatología son insuficientes si se olvida o desdibuja el hecho de que el Espíritu empodera (o en sus palabras que es “fuente de poder para”) la vida y la esperanza, en particular en contextos de pobreza. Aclara que mucha de la gente que experimenta ese poder del Espíritu en América Latina es pobre y pentecostal y no suele producir libros sobre pneumatología, de modo sus perspectivas están sub-representadas al nivel de los materiales escritos.

En este artículo subraya que la obra del Espíritu siempre está en perfecta comunión con el Hijo y el Padre, es decir, que parte de una visión trinitaria (perijorética) de mutua interconexión y correlación de las tres Divinas Personas. Es decir, no se aleja de la centralidad del camino de Jesús ni del reino de Dios que vemos en sus otros escritos. Pero sugiere que cabe destacar la particularidad del rol del Espíritu, y desarrolla cuatro puntos principales:

– La Ruaj o Espíritu obra en la creación (y esto pone en primera plana la dimensión ecológica de su obra, tan central para los pobres quienes son los que más padecen de la destrucción de nuestro planeta).

– La Ruaj o Espíritu obra en todas las esferas de la vida: en lo social, político, económico, cultural, ecológico, biológico y religioso; no se puede limitar su accionar a una esfera espiritualizada, llámese iglesia o redención. Cualquier cosa que atañe a los seres humanos, cualquiera sea su raza, sexo o estatus socioeconómico por tanto es tema importante para la fe cristiana.

– La Ruaj o Espíritu unge a Jesús, desciende sobre él, y lo envía en su misión, una misión encarnada que opta preferencialmente por la población marginada de la Palestina de su época.

– La Ruaj o Espíritu obra en la vida y la misión de la iglesia de un modo análogo al de su accionar en Jesús. Nos envía (cito) “a vivir por el poder el Espíritu Santo de acuerdo a los valores del reino de Dios insertado en la historia en persona y la obra de Jesucristo.”  [4]

El énfasis pneumatológico de René aquí sirve, pues, para reconectarnos con la misión de Jesús tal como se la presenta en Lucas 4, y a llamarnos a alabar a Dios de un modo concreto: viviendo la justicia de Jesús. Se trata de una fuerte espiritualidad sin privatizar ni espiritualizar. Me atrevo a decir, entonces, que para René (en este escrito y creo que en muchos otros), podríamos decir que allí donde está el Espíritu de Dios, están la justicia y el bienestar de los más vulnerables.

Todo esto me llevó a rememorar que, en abril de 1997, varios y varias participamos de una consulta organizada por el núcleo de la FTL de Buenos Aires y el Centro Kairós (o sea, por René), que preguntaba, “¿Existe un ‘avivamiento’ espiritual en Argentina?” [5] En ese momento –hace casi 25 años– estaban creciendo mucho numéricamente las iglesias neo-carismáticas y neo-pentecostales. La consigna del encuentro era tratar de entender si se trataba o no de un verdadero “avivamiento” espiritual. Los ponentes representaban todo un abanico de posturas al respecto. Pero lo que quiero rescatar hoy fue lo que René escribió en la introducción al número del Boletín Teológico en el que se publicaron las ponencias. Planteaba una serie de preguntas ante el fenómeno que se vivía en ese momento, que me parece que siguen siendo relevantes frente a otros fenómenos, en otros momentos como el actual: ¿Cómo se interpreta lo que estamos viendo? ¿Los fenómenos que vemos son producidos por la acción del Espíritu Santo? Si es así, “¿Qué nos corresponde hacer como respuesta a lo que Dios está haciendo? Si no lo es, ¿Qué explicación alternativa ofrecemos?” [6]

Son preguntas que tienen que ver con el discernimiento espiritual en el sentido más profundo y concreto. Preguntas que nos interpelan, y que nos llevan a revisar el meollo de nuestros compromisos, de nuestras hermenéuticas, de nuestras prácticas. ¿De qué maneras el Espíritu de la Vida está actualizando hoy en nuestro medio el camino de Jesús de Nazaret? ¿Cómo podemos y debemos responder al soplo del Espíritu en la fuerza del mismo Espíritu de la vida y de la esperanza? Creo humildemente que prestar atención a estas preguntas es la mejor manera de valorar lo mejor del legado teológico que nos dejó René. No se trata de repetir o de discutir sobre frases hechas como “misión integral” sino de renovarnos constantemente en nuestros contextos, buscando por el Espíritu actualizar de manera concreta, encarnada, comprometida, material, real, consistente, la buena noticia del evangelio de Jesús.

Muchas gracias.

 

[1] C. René Padilla, “Come Holy Spirit – Renew the Whole Creation,” Transformation 8 (1991) 1-6.

[2] C. René Padilla, “The Holy Spirit: Power for Life and Hope,” The Spirit over the Earth. Pneumatology in the Majority World, ed. Gene L. Green, Stephen T. Pardue, K. K. Yeo (Carlisle: Langham Global Library, 2016) 165-183.

[3]Ibid, 165.

[4]Ibid, 183.

[5] El resultado se publicó en el Boletín Teológico 29 (número 68) 1997 bajo el título “El ‘avivamiento’ espiritual en la Argentina.”

[6] Ibid, 5-6.

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