Los cuarenta años de Lausana

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Los cuarenta años del movimiento de Lausana

Samuel Escobar

Llevo unos sesenta de mis ochenta años conectado de alguna u otra forma con el movimiento evangélico a nivel mundial. En estas décadas al comienzo me tocó trabajar formando parte de la obra evangélica en el mundo universitario en toda América Latina. Ello me conectó con organizaciones misioneras, casas editoriales, organismos de cooperación y miles de personas. En los tres años en que dirigí los GBU de Canadá llegué también a conocer de cerca y por dentro el mundo de las organizaciones misioneras norteamericanas. Luego por veinte años estuve activo en la educación teológica en un Seminario que se precia de ser evangélico. Puedo decir con realismo y sin amargura que en cierto modo estoy al tanto de las grandezas y miserias de ese mundo evangélico. Y dentro de él me quiero quedar aunque conozco y respeto también otros ámbitos que forman parte del Cristianismo.

El movimiento de Lausana es una corriente singular dentro del mundo evangélico contemporáneo. Dentro de unos días se cumplen cuarenta años del Congreso Internacional de Evangelización Mundial que se llevó a cabo en la ciudad suiza de Lausana del 16 al 25 de julio de 1974. En el proceso de preparación del Congreso y durante el evento se forjó el famoso Pacto de Lausana y nació el movimiento del mismo nombre. En 2010 tuve el privilegio de participar con una treintena de evangélicos españoles en la conferencia Lausana III en Ciudad del Cabo, Sudáfrica y comprobar cómo lo que empezó en 1974 había crecido y se mantenía vigoroso. Hoy tenemos un Movimiento de Lausana en España.

He escrito varios trabajos sobre este tema en Protestante Digital y me gustaría evitar repeticiones innecesarias. Me he propuesto reflexionar sobre algunos puntos que me parece que explican que el movimiento de Lausana haya perdurado por cuatro décadas en este mundo evangélico, en el cual tantos movimientos con agendas y expectativas globales empiezan y al poco tiempo desaparecen sin pena ni gloria.

Un poco de historia

Después de la Segunda Guerra Mundial que terminó en 1945 se intensificó un ciclo de actividad intensa de evangelización y acción misionera desde lo que podemos describir como el sector evangélico del protestantismo mundial. Cincuenta años antes, en 1910 las grandes denominaciones protestantes habían convocado la famosa Conferencia Misionera de Edimburgo cuya intención era acelerar la evangelización mundial. “La evangelización del mundo en nuestra generación” fue el lema de algunos de sus organizadores más entusiastas. Pero apenas cuatro años más tarde se desató la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en la cual nos encontramos capellanes protestantes y católicos europeos bendiciendo a las tropas en ambos bandos. Las iglesias establecidas y poderosas no habían podido hacer nada para evitar la carnicería brutal que fue esa guerra. Tampoco pudieron evitar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Las guerras trajeron una crisis de conciencia en el mundo cristiano que, unida a la difusión de una teología liberal, iba a producir entre los protestantes europeos y estadounidenses un desgaste del interés por la evangelización mundial. Si bien hubo un esfuerzo por unir a las iglesias en el servicio a las tremendas necesidades de la posguerra, el esfuerzo unificador fue perdiendo de vista la motivación misionera y la dimensión evangelizadora quedó postergada.

Fue en el sector evangélico, más apegado a la autoridad de la Biblia y al celo misionero, que se mantuvo el sentido de urgencia respecto a la responsabilidad evangelizadora de la iglesia. Después de la segunda guerra mundial los Estados Unidos pasaron a ser protagonistas destacados en la política mundial y también en la actividad misionera. Por una parte surgió la figura del evangelista Billy Graham, cuyas campañas atrajeron a miles de personas que habían perdido contacto con las iglesias y habían abandonado la fe cristiana. Por otra parte aparecieron nuevas organizaciones dedicadas a la actividad misionera en el mundo. Veinte años después, a mediados de la década de 1960, se organizaron congresos y conferencias para evaluar las realizaciones y promover nuevos avances. Es dentro de ese contexto que se puede entender que Billy Graham convocara a un Congreso Mundial de Evangelización en Berlín en 1966, un antecedente del congreso de Lausana.

Aquel año yo me encontraba estudiando en la Universidad Complutense de Madrid, y fui invitado a participar en Berlín. Quienes asistimos a ese Congreso recordamos algunas de sus notas distintivas: la convicción de que la actividad misionera tenía que contar con un respaldo teológico, la toma de conciencia del crecimiento acelerado del movimiento pentecostal en todo el mundo, cuyo carácter evangélico se aceptó, y la convicción de que había que buscar formas de cooperación y corregir el espíritu de competencia que dominaba la actividad misionera. Para mí en Berlín fueron decisivas las exposiciones bíblicas del pastor anglicano John Stott sobre la Gran Comisión. Destacó especialmente el texto en el Evangelio de Juan, donde Jesús había dicho “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Jn 21:20). Stott comentó: “Me atrevo a asegurar que aunque estas palabras representan la forma más simple de la gran comisión, son al mismo tiempo las que expresan mayor profundidad, las que nos redarguyen más poderosamente y también, por desgracia, las más olvidadas.” Así se resaltó no sólo un imperativo, sino también un modelo: misión a la manera de Jesús. Eso ponía el listón muy alto y obligaba a una revisión de los conceptos de “cruzada” y “conquista” que por entonces muchos evangélicos entusiastas usaban.

La revista Pensamiento Cristiano de Argentina publicó el texto de las exposiciones de Stott y luego José Grau las publicó como libro en 1973. Después de Berlín vinieron una serie de Congresos regionales en los cuales fue desarrollándose una visión renovada de la misión. Y así llegamos al Congreso de Lausana 1974 que derivó en ese movimiento que ha perdurado hasta hoy. ¿Por qué este movimiento ha conseguido perdurar? Propongo aquí cuatro claves que me han llamado la atención.

Un punto de partida entusiasta pero humilde

En el Congreso de Lausana hubo una atmósfera de entusiasmo por la tarea evangelizadora y de propuestas para avanzar en ella, pero también de realismo y hasta cierto punto de humildad, la cual no solía ser frecuente en el mundo de los ejecutivos de organizaciones evangélicas, particularmente en el mundo anglosajón. Repasando el Pacto de Lausana me han sorprendido de nuevo las varias notas de autocrítica y arrepentimiento que lo matizan. No hay espacio ni tiempo para todas pero cito aquí algunas:

Dice la Introducción del Pacto “Impulsados al arrepentimiento por nuestros fracasos, y desafiados por la inconclusa tarea de la evangelización, nos sentimos profundamente conmovidos por las cosas que Dios está haciendo en nuestros días.” Tuve el privilegio de ser parte del comité que redactó el Pacto y todavía recuerdo que había participantes que no querían que hubiera referencia a “nuestros fracasos”. Hubo también debate sobre el párrafo 1 que al final afirmaba: “Confesamos con vergüenza que a menudo hemos negado nuestro llamamiento y fallado en nuestra misión, conformándonos al mundo o separándonos de él.”

La nota de humildad que hace posible la autocrítica misionera aparece también en aspectos específicos como los referidos a la cultura, la falta de cooperación o el acomodamiento del mensaje. Así en el párrafo 10 se afirma: “Las misiones, con mucha frecuencia, han exportado una cultura extraña junto con el Evangelio, y las iglesias han estado más esclavizadas a la cultura que sometidas a las Escrituras.” En el párrafo 7 se admite: “Confesamos que nuestro testimonio ha estado a veces marcado por un individualismo pecaminoso y una duplicación innecesaria.” Luego en el párrafo 12: “Reconocemos que nosotros mismos no estamos inmunes a la mundanalidad en el pensamiento y en la acción, es decir, a una contemporización con el secularismo… en el deseo de asegurar una respuesta al evangelio, hemos acomodado nuestro mensaje, hemos manipulado a nuestros oyentes por medio de técnicas de presión y nos hemos preocupado demasiado de las estadísticas y hasta hemos sido deshonestos en el uso que hemos hecho de ellas. Todo esto es mundanal.”

Un propósito desprovisto de voluntad de poder eclesiástico

Lausana es un movimiento, no una institución. El genio de los organizadores fue el de convocar a personas de todo el mundo que tuvieran vocación evangelizadora, sin importar su afiliación denominacional, ni su posición en una jerarquía eclesiástica. El evangelicalismo de los organizadores era teológicamente articulado, y al mismo tiempo abierto y realista, sabiendo que el Protestantismo mundial está dividido en sectores muy diversos. Se puede decir de los auspiciadores y organizadores como Billy Graham, John Stott, Leighton Ford, el Obispo Jack Dain, el evangelista Paul Little, para mencionar a unos pocos, que tenían al mismo tiempo convicción evangélica y apertura por encima de criterios denominacionales o institucionales estrechos.

Tuve el privilegio de participar en la Comisión de programa y fui testigo de intentos de descalificación de algunos participantes y expositores por personas cuyo evangelicalismo era más bien cerrado, aislacionista y separatista, es decir de talante más cercano al fundamentalismo: “Si participa fulano, yo me salgo”. El genio de Lausana fue conseguir un consenso teológico amplio que está bien expresado en el Pacto.

Otro factor importante es que Lausana no amenaza a nadie. No es un grupo de poder interesado en la política institucional eclesiástica. No se arroga la representatividad de mayorías de iglesias o personas. Busca sobre todo el consenso y la cooperación en lo que concierne a la evangelización y la acción misionera, el estímulo mutuo y el apoyo efectivo.

Un redescubrimiento de la misión integral

Como es bien sabido, en Lausana 1974 la ponencia de René Padilla y la de este servidor causaron mucha polémica. En el caso de René porque partiendo del propio contenido del Evangelio hacía una crítica severa a la equiparación entre evangelio y cultura estadounidense o “American way of life” y proponía un regreso al contenido bíblico de la buena nueva del Evangelio. En mi caso porque proponía que en el proceso evangelizador se tomase en serio la búsqueda humana de libertad, justicia y realización.

En el proceso de congresos regionales que siguieron a Berlín 1966, en Europa, Asia, África y América Latina se había empezado a redescubrir la importancia de la dimensión social del Evangelio, con sentido de urgencia. Eso explica la receptividad que encontraron las ponencias de Padilla y la mía. Hubo presiones de sectores muy conservadores, principalmente de Estados Unidos, que querían que la misión se definiese principalmente como comunicación verbal del Evangelio a fin de obtener un rápido crecimiento numérico. Pero prevalecieron las voces que en los países y ambientes más diversos habían visto la necesidad de practicar una evangelización integral, a la manera de Jesús, con una presencia transformadora de la iglesia que respaldase la comunicación verbal del Evangelio.

El consenso está muy bien expresado en el párrafo 5 del Pacto de Lausana acerca de la responsabilidad social, en el cual se afirma entre otras cosas: “Expresamos además nuestro arrepentimiento, tanto por nuestra negligencia, como por haber concebido, a veces, la evangelización y la preocupación social como cosas que se excluyen mutuamente… Aunque la reconciliación con el hombre no es lo mismo que la reconciliación con Dios, ni el compromiso social es lo mismo que la evangelización, ni la liberación política es lo mismo que la salvación, no obstante afirmamos que la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano. Ambas son expresiones necesarias de nuestra doctrina de Dios y del hombre, de nuestro amor al prójimo y de nuestra obediencia a Jesucristo. El mensaje de la salvación implica también un mensaje de juicio a toda forma de alienación, opresión y discriminación, y no debemos temer el denunciar el mal y la injusticia dondequiera que existan.”

Un renovado sentido de urgencia

El párrafo 9 del Pacto expresa bien la toma de conciencia del desafío misionero que teníamos por delante, y que iba acompañada de un reconocimiento de culpa: “Más de 2700 millones de personas, es decir, más de las dos terceras partes de la humanidad, no han sido evangelizadas todavía. Nos avergonzamos de que tantas personas hayan sido descuidadas; esto es un continuo reproche para nosotros y para toda la iglesia.” Aquí la mirada se dirigió al futuro con una agenda ambiciosa: “Hoy, sin embargo, hay muchas partes del mundo en que hay una receptividad sin precedentes frente al Señor Jesucristo. Estamos convencidos, de que es el momento en que las iglesias y las agencias para-eclesiásticas oren fervientemente, por la salvación de los inconversos, e inicien nuevos esfuerzos para realizar la evangelización del mundo.”

La agenda incluía la sugerencia de cambios de estrategia. En aquella década de 1970 había surgido, especialmente en África, el pedido de una “moratoria” en el envío de misioneros. El Pacto lo reconoce de esta manera: “Una reducción del número de misioneros y de fondos procedentes del exterior, puede ser a veces necesaria para facilitar, en un país evangelizado, el crecimiento de una iglesia nacional que tenga confianza en si misma, y para desplazar recursos a otras áreas no evangelizadas.” Luego reconociendo también la presencia creciente de misioneros de las iglesias jóvenes de Asia, África y América Latina, el Pacto propone: “Debe haber un libre intercambio de misioneros, de todos los continentes a todos los continentes, en un espíritu de servicio humilde. La meta debe ser, por todos los medios disponibles y en el más corto plazo posible, que toda persona tenga la oportunidad de escuchar, entender y recibir la Buena Nueva.”

Este renovado sentido de urgencia lleva a proponer un nuevo estilo de vida en unas líneas del Pacto que fueron muy debatidas antes de llegar al texto final. “No podemos esperar alcanzar esta meta sin sacrificio. Todos nos sentimos sacudidos por la pobreza de millones de personas y perturbados por las injusticias que la causan.” Varios líderes que tenían acceso al comité de redacción del Pacto insistían en que dejásemos fuera la expresión “perturbados por las injusticias que la causan.” Para ellos estaba bien que se hablase de la pobreza pero no que se la relacionase con la injusticia. El párrafo termina con una propuesta de cambio: “Los que vivimos en situaciones de riqueza aceptamos nuestro deber de desarrollar un estilo de vida simple a fin de contribuir más generosamente tanto a la ayuda material como a la evangelización.”

La idea de adopción de un estilo de vida sencillo fue también objeto de debate. Una dama muy importante, de cuyo nombre no quiero acordarme, comentó que estaba bien que un solterón como John Stott adoptase un estilo de vida sencillo pero que era inadmisible que se lo quisiese imponer a los demás. Somos muchos los que agradecemos el ejemplo de Stott que de manera explícita adoptó un estilo de vida sencillo. Así por ejemplo, todas las regalías que recibía por sus libros fueron destinados a un fondo para la producción de literatura cristiana y la formación de evangelistas y predicadores en países pobres.

Creo que si el movimiento de Lausana permanece guiado y motivado por estos principios que he destacado tiene futuro en el mundo y también en España. Porque estamos en tiempo de misión.

 

Samuel Escobar 2014