Boletín de Reflexión 9: El juego de hacer teología

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Por Nicolás Panotto

¿Cuál es el lugar desde donde hacemos teología? O mejor dicho, ¿sabemos reconocer todo lo que se juega en el quehacer teológico? Estas son algunas de las preguntas que el reconocido teólogo brasileño Rubem Alves responde en un precioso librito con algunas décadas a cuestas: La teología como juego (La Aurora, Buenos Aires, 1982).

Es una pequeña obra que enlaza temas tan variados como el cuerpo como encarnación de la realidad, la verdad como herejía, el lenguaje como medio de relatos mágicos que iluminan la vida, el teólogo y la teóloga como personajes muchas veces siniestros pero importantes para la sociedad cuando se abren al mundo, a sus esperanzas y a sus utopías, a sus desgarros y medicinas.

La teología es como un juego, dice Alves. Un juego que evoca a la imaginación. “Ve cosas donde no las hay” y las proclama como verdades pasajeras. Es en este juego de imaginación, de creación y de inventiva donde los teólogos y las teólogas son considerados como seres extraños, que se ríen de la realidad pero que dicen lo que ven, y a partir de allí hablan y comparten ese mundo de fantasía, que no por ello es irreal sino más bien la imagen de un hecho, de un lugar y de una historia tejida con los hilos de la vida, de las risas, de las tristezas, de los gritos, de las angustias y de las esperanzas.

El mundo del teólogo y la teóloga es el mundo de las historias que enmarcan la cotidianeidad. Así lo expresa Alves:

El mundo de donde vienen los teólogos no es simplemente un lugar donde las personas tienen el interesante hábito de hablar por medio de metáforas y de parábolas. Al contrario, se trata de un mundo que es inaugurado, sustentado e iluminado por el propio hecho de contar y repetir las historias. En las historias se teje el pensamiento, se descubren horizontes, se da nombre a los deseos. (p.103)

Este espacio donde se hace teología no es más que el mundo representado por la vida misma, con sus luces y oscuridades, con sus idas y vueltas, con sus avances y retrocesos. De aquí la dimensión lúdica de la teología: son palabras y acciones que nos permiten “ir más allá”, gritar a viva voz y susurrar en el silencio nuestras vivencias, imágenes, esperanzas, deseos y sentimientos hacia aquella Realidad Suprema que todo lo ve, todo lo abarca, todo lo escucha, y que por ello desconocemos y se nos escapa (Misterio pleno). Y es en este juego donde a veces se pierde, a veces se gana, a veces se sale golpeado, pero, al fin, siempre se está jugando y se crean esas historias que forman nuestra identidad. Se es cuerpo pleno de vida.

La teología no es un juego solitario. Se da en un lugar concreto y con la compañía de muchos amigos y amigas del sendero, con quienes compartir, amar, pelear, enojarse, emocionarse. Éstas representan, finalmente, las experiencias claves del juego. Un juego abierto a mis compañeros y compañeras que desearon estar allí, compartir en conjunto, darse a conocer tal cual son y amarnos tal como somos.

Y es así como descubrimos la persona de ese Dios que nos permite ser, que nos observa y nos deja entrar en ese fascinante juego de escondidas y descubrimientos que implica precisamente ver dónde se revela (el Deus Absconditus –Dios oculto- del que hablaba Lutero). Preguntarse por la manera sorpresiva en que se manifestará, para que le veamos y digamos “¡allí está!”, respuesta que utilizaremos innumerable cantidad de veces y que nunca agotará la totalidad de posibilidades.

Por momentos este juego se pondrá difícil. Muchas veces lo divino se encuentra bien escondido, otras “a la vuelta de la esquina” pero sin poder verle aunque sabiendo que está cerca. A veces ni siquiera le percibimos porque creemos que las reglas del juego son unas pocas e inamovibles. ¡Pero si algo implica el juego es que no hay reglas fijas! ¡Lo importante es divertirse, sentir, dejarse llevar! Dios es tan grande y tan divertido que siempre nos mantendrá entretenidos. Qué pena que por momentos hagamos de su imagen algo tan aburrido, estático, quieto.

En fin, Dios siempre está presente en el juego de la vida. Y precisamente es parte de este juego ir juntos y juntas, pensando, caminando y soñando sobre las vivencias, las experiencias y los sentimientos de ese proceso fascinante, escenario de la manifestación divina. Por ello Alves establece claramente que la clave se encuentra en dónde nos situamos para jugar. O sea, en el deseo. En sus palabras:

Lo que está en juego es el lugar donde colocamos el deseo, si en las presencias o en las ausencias, si en las certezas o en las esperanzas. Todos los que colocaron su amor en las esperanzas están condenados a recorrer el mismo camino que lo mágico. Por muy distintas que sean las cosas que sus cuerpos hacen, en sus corazones arde el deseo de que la realidad sea abolida. Y es exactamente la nostalgia del exiliado y el gesto del hechicero, que se anuncia por primera vez en el juego, cuando los niños, en el juego de hacer como sí, transforman lo que es en lo que no es y lo que no es en lo que es. (p.132)

Qué hermoso es el juego de la teología. Es el juego de soñar, de descubrir, de imaginar, de correr. Lejos está de aquellas expresiones duras y cerradas que tan poca diversión nos trae: el dogma, la doctrina, la ley, las moralinas religiosas. Sí, por supuesto que ellas también son parte de la vida. Pero volvamos a la pregunta que hace Alves: “¿dónde colocamos nuestro deseo?”. ¿Es dar amor y ser amados, abrirnos a los demás así como necesitamos darnos al mundo y a nuestro prójimo? ¿Es allí donde está Dios?

La teología es un juego muy vasto y abarcativo, con momentos para caminar y momentos de quietud; momentos para detenerse a pensar en lo que se va a hacer y reflexionar sobre la ruta. Pero, ¿cuáles son las características de todo juego? Son, precisamente, la risa, el compañerismo y la imaginación. Estas son, también, tres claves centrales de todo quehacer teológico. La búsqueda de la alegría compartida entre todos y todas, desde la creación de un espacio que nos permita ver más allá, soñar, imaginar que las cosas pueden ser distintas y desde caminos innumerables.

Es por eso que Alves finaliza personificando a los teólogos y teólogas, primero como bufones cuyo objetivo principal es hacer reír, pero diciendo verdades muy profundas en sus actuaciones. La ironía y la risa siempre fueron armas políticas y sociales muy importantes. La teología como quehacer risueño y crítico permitirá apreciar la vida desde las tripas que se constriñen tras la carcajada, como también desde la indignación que emerge en el poner el escena lo obsceno de la realidad. Por ello el bufón es un personaje muchas veces odiado por la corte pero amado por el pueblo, ya que ven en él sus propias vivencias.

Segundo, Alves también habla de los teólogos y las teólogas como niños y niñas que recrean la realidad con el juego. Que construyen mundos con su imaginación, sin demasiadas complicaciones y con completa honestidad. Por eso concluye Alves:

Yo estoy sugiriendo, como bufón y como niño, que el estilo de la teología es el estilo de la risa, no importa que ella brote de la canción de una ronda o de la visión del rey desnudo. La risa es el sacramento que hace que los niños y los payasos anden tomados de la mano, aunque sus risas sean diferentes. (p.121)

Muy frecuentemente surge la pregunta: ¿por qué la teología es tan desestimada? ¿No será precisamente porque no la entendemos como ese juego del que ya somos parte? ¿No será que la teología se presenta de formas que nada tienen que ver con la alegría de disfrutar de la vida y de la fe, en donde lo divino se hace presente como sorpresa?

Aunque no queramos reconocerlo, como creyentes hacemos teología constantemente. Como hombres y mujeres ya formamos parte del juego de la vida. Estamos situados en ese espacio donde Dios quiere darse a conocer y desea que le descubramos. Para este juego no hay selectos o selectas. Simplemente existen distintos lugares donde nos ubicamos desde la curiosidad que nos invade a partir del creer. Todos y todas somos parte de él, invitados e invitadas por Dios mismo, para imaginar cómo podemos jugar mejor, soñar en dónde está y cómo quiere que juguemos con alegría en la vida.

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