Boletín de reflexión 8: La teología como espiritualidad transformadora

By Yare Vargas

Por Silvina Kosacki

Dos mujeres se encuentran a compartir. Una, ha cargado por años el peso de la humillación de su esterilidad. La otra, lleva a cuestas la humillación de su fertilidad. Una, en medio del gozo del milagro, se duele con la que lleva la incertidumbre e incomprensión de su propio milagro. Pero ambas se abrazan, ríen, lloran y conversan. Y en medio de la comunión, surge, como un manantial, la teología espontánea. Darle sentido divino a sus realidades. Entender el significado trascendente del pasado y del presente, atisbando el futuro. Una profetiza una bienaventuranza, la otra prorrumpe en un himno profético  dando gloria y alabanza. Ambas reflexionan para la eternidad, en medio de sus realidades.

Dos van por el camino. Tristes, vencidos, angustiados. Regresan con manos vacías, anhelos incumplidos. No van callados. Conversan, tratando de entender. Intentando “buscarle la vuelta” a los acontecimientos abrumadores por los cuales acaban de atravesar. Traición, encarcelamiento, tortura, juicio injusto de toda injusticia, condena sumaria e inapelable… muerte. ¿Cómo pudo suceder? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo se explica? ¿Qué hay de cierto, qué hay de mentira? ¿Qué fue lo que se dijo… y cómo se dijo? Cavilan, reflexionan, piensan y expresan.

El hombre necesitaba un milagro. Era una situación desesperante. Ya no había salida, no había esperanza. El hombre sabía acerca de milagros. Sabia de Dios. Le habían hablado, le habían contado. Tenía el conocimiento, y todos los argumentos a favor. Había hecho su investigación y había recabado información. Pero había un problema: no creía. Su fe no llegaba siquiera al tamaño de un grano de mostaza. Allí, ante sus ojos, el problema persistía y no había alivio a su dolor. Podía quizá entender, pero no podía creer.

Ese grupo de hombres de acción, con pies polvorientos por el camino andado junto al Maestro, se quedaron pasmados ante la pregunta directa y profunda lanzada como un gancho al hígado: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Se quedaron en silencio. Tuvieron respuestas para la pregunta anterior: ¿quién dicen los otros que soy yo? Rápidamente contestaron: que Juan el Bautista, que Elías, que Jeremías, que algunos de los profetas. Sabían lo que otros decían. Conocían las discusiones y disquisiciones de grupúsculos que se reunían a tratar de encontrar razones y definiciones. Pero… ¿Yo?… ¿Yo?… ¿Yo?… ¿Yo? …Cada uno buscaba dentro de su mente y su corazón la respuesta para una pregunta tan “caliente”. Se miran en silencio. Bajan la vista. Cruzan los brazos y dibujan con sus pies en el polvo una suerte de signo de interrogación. ¿Quién eres para , Jesús?

Teología de cocina, entre delantales y cacharros de barro. Teología en el camino, muchas veces caminos errados, pero caminos al fin. Caminos que hacen todos en su peregrinaje vitalicio. Teología de escritorio, de oídas, de lo que dijeron otros, de lo que contaron, de información abstracta recibida en letras sin mucho sentido. Teología en medio del grupo de acción, de aquellos que han oído y han visto de primera mano. Que caminan en Sus huellas, que comen de sus manos y beben de su manantial.

El quehacer teológico surge allí donde hay preguntas, necesidad de significado, realidades sin sentido aparente. No importa el lugar. No importa si es en una cocina, o en medio de caminos, aunque estos sean de retorno sin esperanza. Tampoco importa si se produce de lejos, de oídas, de información de segunda mano, o en el corazón de la acción, en la comunidad de las manos activas y pies caminando el Reino. Lo importante, en el hacer teología, no es el lugar donde se lleva a cabo. Lo relevante no es la pertenencia o no pertenencia a este o a aquel grupo. Lo fundamental no es si es mujer o varón, judío o griego, esclavo o libre.

Lo que hace la diferencia es hacer teología siguiendo a Jesús. Siguiendo sus pasos, pisando sus pisadas. Lo que provoca que el niño salte en la cámara más oculta del ser de Elizabeth, es la presencia de Jesús en las entrañas maternales de María. El Espíritu Santo haciéndose presente y llenando la boca de esas dos mujeres, con los delantales y las manos llenas de harina, en un canto profético que inunda la humilde cocina y la trasciende a perpetuidad.

Lo que hace la diferencia es hacer teología caminando con Jesús. Aun en caminos errados, la presencia de Jesús otorga significado, le da sentido a los acontecimientos, aun los más insensatos, aun los más apabullantes. Es el Espíritu Santo abriendo los ojos, para poder mirar la profundidad de las palabras, la razón de las acciones. El corazón que arde al escuchar. El pan bendecido, partido con manos santas. Transforma un camino avergonzado y angustioso, en una avenida gozosa y comprometida. Transforma los pasos arrastrados y anónimos en presurosos y llenando de esperanza el camino de miles después de ellos.

Lo que hace la diferencia es hacer teología experimentando las señales de vida del Reino. Aceptando tanto el conocimiento como la ignorancia. Siendo consciente de la información pero también de la incredulidad. La teología encarnada en un milagro liberador. La señal que echa por tierra la incredulidad, que avergüenza una teología sin vida para construir otra vital. La presencia del Rey del Reino que sustenta lo dicho, y con ello fundamenta con un acto concreto las palabras vacías que no producían fe… solo más preguntas.

Lo que hace la diferencia es hacer teología dando lugar a la guía del Espíritu Santo. Ante la pregunta, ante el interrogante, ante la incertidumbre… la revelación de Dios. Mateo, como protagonista presente que el mismo Jesús le dijo a Pedro: No te lo reveló sangre ni carne, sino mi Padre que está en los cielos. En medio de la comunidad “eclesial”, la de aquellos que tienen su mano en el arado, de aquellos que saben de lo que están hablando, de aquellos que no hablan de oídas sino por lo que hacen, ven y experimentan, lo que hace una diferencia es hacer teología permitiendo, invitando, haciendo lugar a la dirección del Espíritu Santo. A la revelación divina que ilumina la mente y le da el verdadero sentido transformador a las palabras.

Como Fraternidad Teológica que somos, el quehacer teológico es lo nuestro. Y no importa quien, ni como, ni en donde se haga la teología. No hace la diferencia ni los nombres ni los lugares. La diferencia lo hace una comunidad que le da espacio a la presencia transformadora de Dios. La diferencia radica en que se haga teología, entendiendo a esta como esa espiritualidad que transforma, que produce cambios y que se traduce en acción renovante y renovadora.

Que en medio de nuestros núcleos, en medio de nuestras comunidades teológicas, no nos olvidemos nunca de que lo que hacemos lo hacemos para fomentar un ministerio encarnado, comprometido con las realidades de los latinoamericanos, con un evangelio transformador. Que en cada una de nuestras reuniones tengamos bien presente que nuestra oración motivadora es: “Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu!”.

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