Reflexiones sobre Siria, el fundamentalismo religioso y la expansión imperial

By Admin FTL

Por Juan Fonseca

“Todo el reino de Siria dejará de existir, al igual que la ciudad de Damasco; además, las ciudades del norte, que son el orgullo de Israel, se quedarán sin murallas. Yo soy el Dios todopoderoso, y juro que así será”

(Isaías 17:3 – Traducción en Lenguaje Actual).

En estos días, las redes sociales han sido inundadas por este versículo bíblico con el fin de sostener la alucinante idea de que la agresión de las potencias occidentales a Siria fue predicha hace siglos por el profeta Isaías y que, en ese sentido, es un cumplimiento de la voluntad de Dios. La debilidad de esta postura ha sido sólidamente rebatida por varios teólogos y exégetas, por lo que no pretendo hacer una nueva refutación. Recomiendo en particular la reflexión del teólogo Gabriel Gil (https://bit.ly/2IYPNyy). Este incidente me plantea más bien una reflexión sobre los peligros que plantea el uso ideológico que hace el fundamentalismo de la Biblia, en particular en contextos de expansión imperial.

Esto no es nada nuevo, por supuesto. Desde que el cristianismo se alió con el poder, los teólogos y exégetas han utilizado la Biblia para justificar procesos como las Cruzadas (siglos XI al XIII), la invasión europea a América (siglo XVI) o el reparto imperialista de África, Asia y Oceanía (siglo XIX). Al respecto, uno de los mejores trabajos que he leído es el de R. S. Sugirtharajah (La Biblia y el Imperio. Exploraciones poscoloniales. Madrid: Akal, 2009). En dicho trabajo, este biblista indio muestra cómo los procesos hermenéuticos construidos en las comunidades cristianas de la Inglaterra victoriana se apropiaron, reapropiaron y hasta mutilaron los pasajes bíblicos, no solo para justificar la expansión imperialista, sino también para construir identidades confesionales y nacionales. Pero también muestra cómo, desde la naciente comunidad cristiana en la India, aparecieron también intérpretes nativos de la Biblia que también se apropiaron de ella para contrarrestar el discurso bíblico imperialista. En Latinoamérica contemporánea han ocurrido ambos procesos, pero principalmente el primero. El fundamentalismo evangélico ha sido uno de los principales propulsores de ese uso colonialista de la Biblia.

Recuerdo que cuando de adolescente empecé a interesarme en la teología, encontré en la biblioteca de mi padre los libros de la denominada “literatura profética” (Hal Lindsey, David Wilkerson y otros) que se dedicaban a relacionar los textos bíblicos con los procesos geopolíticos contemporáneos, asumiendo que todo lo que ocurría ahora había sido predicho hace siglos por los autores bíblicos. Incluso recuerdo que en los institutos bíblicos evangélicos de la época existía el curso de “Profecía bíblica”, en los que los estudiantes eran entrenados para sostener este pintoresco acercamiento a la historia y la política mundial. Como los estudiosos de las “profecías” eran fundamentalistas norteamericanos y cristianos sionistas fervientemente republicanos, todas sus lecturas asociaban a los actores malos con la Unión Soviética (Gog y Magog en Ezequiel 38 y 39), El Vaticano (la “gran ramera” de Apocalipsis 17 y 18), la Unión Europea (la bestia con “diez cuernos”, pues entonces la Comunidad Europea tenía solo diez miembros, Daniel 7:7-8) y China (el “ejército de Oriente” en la batalla del Armagedón, Apocalipis 16:12-16). Luego de la caída del muro de Berlín, “adaptaron” sus interpretaciones para asociar a los “malos” del simbolismo apocalíptico con el mundo islámico (la denominada Ventana 10-40).

En contraste, los “buenos” eran siempre Israel y Estados Unidos. Recuerdo en particular una clase en la que me explicaron el pasaje de Apocalipsis 12:14: “Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo”. El profesor afirmó que la mujer encinta representaba a Israel (luego hallé otra interpretación que la asociaba con la Iglesia) y que la “gran águila” era Estados Unidos, el poder político que salvaba a Israel y/o a la Iglesia de la amenaza del “gran dragón” (¿China?).

Todos estos recuerdos se me vinieron ahora luego de ver cómo el fundamentalismo evangélico y el sionismo cristiano, aliados inquebrantables, siguen vitales en su esfuerzo por manipular el mensaje bíblico para ponerlo al servicio de la política exterior norteamericana. Hace unos años, Kevin Phillips, en su libro American Theocracy (2005) denunció cómo esta alianza ultraconservadora había sido uno de los factores más influyentes en la política exterior estadounidense. Parece que siguen siéndolo ahora, y han recuperado enorme fuerza en la era Trump.

Como creyente, no deja de parecerme desalentadora la vitalidad de una corriente que destruye la esencialidad del mensaje bíblico para ponerlo al servicio del poder. El fundamentalismo es realmente una de las mayores amenazas de la fe cristiana, pues su enfoque debilita enormemente la posibilidad de que la Biblia siga siendo relevante para el mundo en el futuro. Si algo ha quedado claro en la historia cristiana, es que una de las razones por las que el mensaje bíblico ha mantenido su relevancia ha sido por su capacidad de “traducirse” a las distintas culturas y tiempos, de ser interpretada desde la experiencia y ser releída desde la opresión para ser instrumento de liberación. Así lo hicieron los cristianos afroamericanos en Estados Unidos o las comunidades de base latinoamericanas. El fundamentalismo es en cambio una lectura que congela la vitalidad de la Biblia para convertirla en un instrumento de opresión religiosa o política. Y lo hace desde la rigidez de la ignorancia, pues si algo caracteriza a los fundamentalistas de todos los tiempos es creer que la memorización y la lectura literal son las únicas habilidades para demostrar que se “sabe de Biblia” y que, además, eso es suficiente para “leer los tiempos”. Así lo hacían los fariseos de la época de Jesús y así lo hacen sus herederos contemporáneos en los seminarios fundamentalistas. Hasta hablan de política, ciencia, cultura o arte desde la estrecha mirada de los versículos bíblicos que leyeron mal o que mutilaron para acomodarlo a sus intereses.

Lo otro que caracteriza a los fundamentalistas es la tendencia al dualismo en sus visiones del mundo: ellos los “buenos” y el resto los “malos”, “perdidos”, “herejes”, etc. En ese sentido, para quienes no compartimos esa visión, conviene siempre recuperar el sentido cristocéntrico de la hermenéutica: el mensaje de amor de Jesús como paradigma que ilumina (o debería iluminar) toda interpretación de la Biblia. Entonces podríamos recuperar esa virtud del texto sagrado de los cristianos: narrar cómo Dios ha actuado en medio de distintos tiempos y culturas, a través de personas de diversas identidades y creencias con el fin de reconciliar al ser humano con sí mismo, con el prójimo, con la Tierra y con Dios. Para ello, hay que ir más allá de la letra y buscar la impronta de amor que está detrás de ella. Si no hay amor en la letra, entonces la letra deja de ser relevante para la fe y se aleja del espíritu liberador de las enseñanzas de Jesús. Y en este momento no hay nada más carente de amor que justificar guerras y bombardeos con la Palabra de Dios.